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Joyería - Mitos y leyendas
Mitos y leyendas
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Maldiciones de las Gemas
Autor:
Jorge Mier Hoffman
Fuente:
www.simon-bolivar.org/bolivar/esp_y_diam_maldi.html
Las piedras preciosas producen en quien las contempla un efecto extraño difícil de explicar: no sólo por el valor material de este objeto deslumbrante que tenemos en la mano, sino por un fluido energético que se transmite al tocarlas. Es un hecho comprobado el campo energético de las gemas, lo cual se utiliza en la relojería y la era espacial con los Cristales de Cuarzo, que general energía eléctrica al ser estimulados sus electrones.
De todas las gemas, los diamantes constituyen los más preciados de la época moderna. Los romanos los llamaban
además, palabra griega que significa indomable. El diamante debido a su dureza y cohesión molecular homopolar, es prácticamente indestructible salvo por percusión o exceso de presión aplicada, y la refracción de la luz que producen sus caras, le han brindado la fama de joya invalorable para los modernos orfebres.
El diamante es carbono puro cristalizado, donde algunos suelen tener en su composición molecular átomos de nitrógeno y boro, produciendo tonos amarillentos los primeros y azulados los segundos; mientras que los diamantes blancos perfectos no llevan ningún otro elemento. El diamante se forma en la corteza terrestre a altas presiones y temperaturas y a una profundidad que oscila entre los 120 y los 200 Km. Son de origen magmático, saliendo a la superficie por las chimeneas de los volcanes. Se pueden encontrar también en depósitos sedimentarios depositados por erosión, y el arrastre producido por el agua hasta los yacimientos secundarios. El diamante aparece asociado a una roca llamada kimberlita, cuyo valor se mide en: pureza y peso (quilates = 200 mg). En 1868 un negro de África del Sur descubrió una piedra, que resultó el diamante más grande que se ha encontrado. La pieza fue dividida en tres partes, todos pertenecientes a la Corona Británica: el Cullinan I de 510 quilates, Cullinan II de 309 quilates y el Cullinan III de 92 quilates.
El diamante no es precisamente el mineral más escaso y difícil de conseguir, para justificar su alto valor y rareza; de hecho, la explotación del diamante abunda en casi todas las regiones del planeta más extraños que el diamante son el lapislázuli, la esmeralda y los rubíes; pero sin embargo no tienen el embrujo que ha cautivado el diamante desde la época de los romanos hacia el siglo I después de Cristo; y es precisamente allí donde reside el misterio de esta particular gema:
Los babilonios, persas, egipcios y griegos no usaban el diamante, como sí otras piedras de gran colorido y perfección Curiosamente los nativos americanos tampoco usaban el diamante, al cual se le atribuía un origen maligno, por ser piedras que se escupían desde los infiernos, cargadas de energías negativas que embrujaban a quien osare llevarlo en su cuerpo. Para los mayas, aztecas, incas, el diamante era una piedra maldita que nunca exponían en sus ornamentos ni mucho menos se colocaba como ofrendas a sus difuntos; por el contrario, los diamantes adornaban las máscaras mortuorias y los objetos rituales de hechicería; y es por esta razón, que podemos decir que el diamante como piedra ornamental es prácticamente nuevo, cuando su uso como objeto de joyería se inició en la época de los romanos a principios de siglo.
Las leyendas hablan de la malignidad de los diamantes, tal vez basándose en el hecho de que la mayoría de los brillantes célebres han tenido historias signadas por el dolor y la muerte: El Orlov con 436 quilates, uno de los ojos de la estatua de Buda, fue robado por un soldado francés que murió trágicamente y regalado por el príncipe Orlov a la zarina Catalina II, formó parte del cetro de los zares hasta su caída, de la cual se culpa a su maleficio. El Regente 533 quilates, fue encontrado por un esclavo negro de un campo diamantífero, que fue asesinado por robárselo; luego llegó a formar parte de la Corona de Francia, de la cual fue robado para hallárselo luego en el cadáver de un desconocido en un cementerio de Nantes. El Koh-i-Noor, el segundo en tamaño conocido con 657 quilates, cuenta una historia de sangre y muerte: Según el Mahabbharata, fue bajado del cielo por el hijo del dios Sol, Kamrid, quien lo regaló al Gran Mongol, que luego fue asesinado por el Shah de Persia, quien a su vez también murió en una batalla ocasionada por la posesión del diamante.
Pero el caso más famoso de maldición asociado al diamante se refiere al Hope: una piedra azul intenso de 44 quilates que desde su primera posesión, llevó la muerte y la desgracia a quienes lo poseyeron:
En 1669 el joyero ruso Tavernier, trajo de la India una extraordinaria piedra de color azul intenso con un pesó de 112 quilates, y una vez tallado pesó 44 quilates. Tavernier mostró el diamante azul a Luis XIV, quien lo compró y otorgó al vendedor el título de nobleza. Al poco tiempo, Tavernier fue hallado muerto devorado por las ratas.
Luis XIV impactado por la noticia, guardó el diamante en un cofre, mientras las desgracias cayeron sobre Francia, cuando sucumbió ante una inesperada plaga que llevó a la población a la desesperación de practicar el canibalismo. Luís XIV murió inesperadamente y el diamante permaneció guardado en una bóveda, cuando comenzó a correr la noticia entre el pueblo, de que el diamante azul venido de la India causaba desgracias a quien lo poseía.
María Antonieta, esposa de Luís XVI, se burló de la maldición y un buen día lució el famoso diamante azul; pero tanto Luís como María Antonieta perdieron la cabeza bajo la guillotina, al momento en que unos ladrones asaltaban el palacio para robar el ya famoso diamante maldito. Es así como la piedra llega a manos del tallador holandés Wilhelm Fals, quien moriría a los pocos meses. Su hijo perseguido por la maldición, vendió la piedra al francés Beaulieu y luego inexplicablemente se suicidó.
Beaulieu aterrado por las superstición del diamante, vendió la piedra la cual le fue dada a Jorge IV de Inglaterra. El soberano inglés cometió el error de incrustar el diamante en la que sería su corona: Perdió la razón en 1822 y murió ocho años después. Fue entonces cuando apareció un tal señor Hope, quien realizaría unos actos de magia y daría su nombre a la piedra:
Sir Henry Hope no quiso correr riesgos con el diamante: Contrató a un grupo de rosacruces y les pidió organizar una ceremonia mágica para exorcizar la joya. Y cuando estuvo seguro de que no causaría más problemas, decidió darle su nombre.
Nada malo le sucedió a sir Henry mientras mantuvo la piedra en una bóveda, pero en 1901 vendió el diamante Hope a un norteamericano de nombre Colot, y con la piedra el maleficio. Colot cayó enfermo y perdió su fortuna. El ahora diamante Hope fue adquirido por el príncipe Kanitowski. El noble ruso tenía debilidad por las mujeres bellas. En París, capital de la diversión, obsequió el diamante Hope a una vedette. A los pocos días Kanitowski mató a tiros a su amante y la piedra se perdió en la confusión, para pasar a manos del griego Montarides. Para entonces la maldición del diamante era conocida y ésta llegó inesperadamente: el carruaje en que viajaba con su esposa y sus hijos cayó hacia el abismo. El siguiente propietario va a ser Abdul Hamid, quien perdió el trono turco por culpa de una revolución y fue a morir de desesperación en la cárcel, atribuyéndole al diamante la causa de todas sus desgracias.
La lista de tragedias producidas por el diamante maldito no terminó con el turco. La persona que obtuvo el diamante desapareció en pleno océano, y la piedra pasó a la bóveda de una institución bancaria francesa, para ser adquirida por dueño del Diario Washington Post. La maldición hizo quebrar inexplicablemente al diario, y la esposa e hijo del editor murieron trágicamente.
La maldición del diamante Hope se detuvo cuando en 1958 fue depositado en el Smithsonian Institut de Washington, para la admiración de los curiosos que quieren conocer el diamante maldito.
Los
Diamantes en las Espadas de Ayacucho
Potosí es una ciudad andina de Bolivia de calles estrechas y casas coloniales ligada a la minería de plata, situada en la llanura Potoc-unu, al norte del cerro que le da su nombre Potosí del quechua p´putunsi que significa brotar o manar, en alusión a la gran cantidad de material de plata que existe en el cerro. Cuentan que el inca Huayna Capac lo bautizó como Orko Potokchi que quiere decir El Cerro que Revienta de Plata. En la época colonial la población del Potosí estaba partida en dos: del río hacia el norte vivían los esclavos mineros y en el sur los potentados. La ciudad se alza a las faldas del cerro homónimo, cuya plata constituía la mayor riqueza del imperio español, para lo cual Carlos III construyó en 1572 la Casa de Monedas como un extraordinario edificio que competía con el soberbio Escorial. Hay una calle conocida como De los Lamentos, por donde transitaban hacia las minas los niños y jóvenes esclavos mientras las madres los lloraban. Una forma de contrarrestar el dolor, era acudir a las iglesias, razón por la cual se construyeron 33, todas de estilo colonial, cuyos curas se beneficiaban de aporte en plata que hacía la municipalidad.
El silbido del viento y los síntomas de la altura no opacan la mezcla de estremecimiento y emoción que se siente en las puertas de una de las minas del legendario Cerro Rico, orgullo de Potosí, lugar escogido por Simón Bolívar para entregar a su compatriota, Antonio José de Sucre, una de las dos espadas ordenadas por la ciudad de Lima, con motivo de celebrarse un año de la Batalla de Ayacucho, donde el cumanés fue honrado por Bolívar con el título de Gran Mariscal de Ayacucho.
1° DE OCTUBRE DE 1825
La municipalidad de Lima en homenaje a la batalla que liberó las milenarias tierras del imperio Inca el 9 de diciembre de 1824, aprueba la moción de entregar espadas de gran riqueza, exquisito arte y perfección, a los dos venezolanos como expresión de eterna gratitud. Fue encargado para la tarea el intendente de Lima, Don Cayetano Freyre, quien designó al famoso orfebre Chungapoma, de reconocida fama artística, con la orden expresa de no escatimar en la calidad de los materiales que serían dispuestos para las dos espadas; a tal efecto, el orfebre hizo la lista de materiales:
1. Para la espada de Bolívar: 1.367 brillantes, 8 rubíes, 7 esmeraldas; más 5 marcos, 5 onzas y 8 adarmes de oro. Así como una hoja de acero al estilo Damasco, las cuales se caracterizaban por su decorado con incrustaciones de hilo y plata, que le brindan un brillo especial y a su vez la hacen excepcionalmente livianas, flexibles, fuertes y resistentes.
2. Para la espada de Sucre: 1.168 brillantes, 8 rubíes, 7 esmeraldas; más 6 marcos de oro y hoja de acero al estilo también de Damasco.
El orfebre Chungapoma sometió a la aprobación un diseño barroco en retorcidas filigranas de cuerpo serpentino adornados en brillantes, que otorgaban a las espadas un lujo esplendoroso sin perder la utilidad del arma como bien lo señala el Diccionario de Símbolos de J. E. Cirlot:
La espada es el instrumento reservado al caballero defensor de las fuerzas de la luz contra las tinieblas. En un sentido primario, es un símbolo de la herida y del poder herir y por ello un signo de libertad y de fuerza En la alquimia simboliza el fuego purificador y en la Mitología griega es el símbolo de la suprema espiritualización.
Las vainas fueron vaciadas en oro macizo de 18 quilates, sobre un molde de variados dibujos y arabescos de exquisita perfección. La espada destinada al Libertador, en la parte inferior llevaría una serpiente de nueve pulgadas y ojos de rubíes que la abrazan. La hoja de acero grabada al estilo de damasco posee la siguiente inscripción: Simón Bolívar: unión y libertad, año de 1825, leyéndose en el anverso lo siguiente: Libertador de Colombia y del Perú, Chungapoma me fecit en Lima.
Como lo describe el Manual del Banco Central de Venezuela, donde está depositada la espada del Libertador en honor a Ayacucho: el pomo de la guarnición de la espada posee un bello busto de oro, el genio de la libertad, coronado por un gorro frigio, relleno de brillantes y circundado por una corona de laureles compuesta de diamantes. En la parte inferior del mismo espacio, llámese la cazoleta, resaltan las figuras de dos indios de oro en relieve, coronados cada uno por penachos de brillantes que adornan sus cabezas; sosteniendo ambos el hasta que lleva el gorro de la libertad. La empuñadura posee dos pirámides truncadas. En la pirámide superior se observa, en una de sus caras, el escudo de armas del Perú, adicionalmente una orla de laureles. La pirámide inferior posee la siguiente dedicatoria: "El Perú a su Libertador". De la parte contigua a la empuñadura, o sea el pomo, se desprende un dragón de oro con dos brillantes.
El principal problema que debió enfrentar el orfebre: era la adquisición de los diamantes tallados, que según el diseño, debían ser de igual tamaño, brillo y pureza. En América era imposible, y tuvo que encargarlos a Inglaterra, al mismo taller de orfebrería que elaboró la Espada de Pichincha: El 1° de julio de 1822, por su triunfo en la Batalla de Pichincha que dio libertad a Quito, la ciudad de Lima decretó una espada para el joven General Antonio José de Sucre, quien contaba entonces 27 años de edad: En prueba de reconocimiento del Gobierno del Perú al eminente mérito del ilustre y bravo General de la República de Colombia, Antonio José de Sucre, le será presentada una espada que espera ceñirá con tanta gloria como la que ha empleado hasta ahora en defensa de la libertad de América. La Espada de Pichincha Sucre la enviará a su hermano Jerónimo en 1826, luego de recibir la lujosísima Espada de Ayacucho, que deslumbraba por el brillo de sus diamantes.
El Coronel Juan de Salazar, Ministro de Guerra y Marina, tuvo el encargo de llevar las espadas hasta el Potosí donde se encontraba su excelencia Simón Bolívar el 25 de noviembre; así lo describió O´Leary: Por esos días llegó de Lima el Coronel Salazar, enviado por el Consejo de Gobierno a presentar al Libertador y al General Sucre, las magnificas espadas con que la municipalidad de aquella ciudad los obsequiaba en señal de su amor y gratitud. Espléndido regalo que esa Corporación llama: pequeña demostración. La profesora Elena Vera, de cuyo escrito se fundamenta este artículo, escribió: Un día después, el Libertador, asombrado todavía por la belleza y riqueza de las espadas, cargadas de simbolismo político y militar, acusa recibo al Presidente del Consejo de Gobierno del Perú. La carta concluye con estas palabras: el domingo recibiré en público esta espada y la del General Sucre le será presentada el 9 de diciembre porque es el día más digno para esta recompensa.
El 9 de diciembre a un año de la victoria de Ayacucho, el Libertador ordenó una celebración con toda la pompa y la fastuosidad que exigía esa fecha memorable, cuando el poder español sucumbió ante la espada de los dos venezolanos. Bolívar en su emotivo discurso hace entrega a Sucre de la fastuosa espada de diamantes:
“y qué podré decir yo a un héroe que en su mismo título lleva el monumento de su gloria..? En ese momento en que caían a los pies de V.E. las espadas de quince generales vencidos, es en el que yo tengo la dicha de poner en manos de V.E. ésta que le presenta la Municipalidad de Lima.
La acuciosa profesora Elena Vera en su escrito. La Espada de Sucre: Sucre reseñará aquel momento inolvidable para la gloria y su dicha por la independencia de las tierras incas con estas letras dirigidas al General Soublette: El Libertador me presentó ese día, públicamente, una espada que me envió la Municipalidad de Lima, que tiene un valor infinito por ser un presente en nombre de la capital del Perú.
Y no era para menos lo que significó para Sucre esa lujosa espada de oro, diamantes, rubíes y esmeraldas: una espada de oro del largo de una vara y siete pulgadas, guarnecida de brillantes, con tres grandes y veinte y seis sobrepuestos en diversas formas, con las letras A.J.S. Una chapa de oro del cinturón de la espada, con seis sobrepuestos brillantes; un cinturón bordado de oro en paño grana, con ocho hebillas de oro macizo, acondicionado todo en su caja de madera nueva, forrada en seda con su almohadón. Así la describe la comunicación que la acompañaba. Pero la maldición que en algunas ocasiones acompañan los diamantes, opacaron el lujo que desprendía la fastuosa espada de ayacucho en poder de Sucre, quién de inmediato la guindó a su cinto, al momento en que Bolívar proclamaba en el Alto Perú la República de Bolivia. El Libertador enemigo de la fastuosidad y el lujo que ostentaban los altos mandos militares, le reservó a su espada un baúl especial donde siempre permanecerá guardada, y sólo expuesta a la mirada de los amigos que le pedían ver la extraordinaria joya de orfebrería.
Año de 1830: En Bogotá se reúne el Congreso Admirable" que llevaría la paz a la Gran Colombia Convocado los diputados, Sucre fue elegido presidente, con la simpatía de todos, pues siempre fue respetado por su ecuanimidad, su hábil diplomacia y sus estrategias de grandes dimensiones; por su parte Bolívar presenta la renuncia irrevocable a la Presidencia En mayo, cuando terminaron las cesiones del Congreso, el Mariscal Sucre preparó aceleradamente su viaje hacia Quito para reunirse con su esposa doña Mariana Carcelán, marquesa de Solanda, y con su primogénita Teresa Bolívar le advierte de los peligros que los acechaban a ambos, y le recomienda tomar la vía marítima Pero no hay barcos en el puerto, y Sucre se arriesga a tomar los caminos de montaña.
Sucre viajó en una caravana que salió de Bogotá, integrada por el diputado Andrés García Téllez, hacendado de Cuenca, el sargento de caballería Lorenzo Caicedo, asistente de Sucre, el negro Francisco, sirviente de García, y dos arrieros con bestias de carga. Después de pasar por Popayán, muy temprano en la mañana del 4 de junio, los viajeros partieron hacia La Unión... Ese nefasto día, al pasar por las montañas de Berruecos, cerca a Pasto, los sicarios esperaban pacientemente ocultos en la maleza, cuando sus acompañantes oyen varios disparos. El historiador Manuel Barroso Alfaro nos cuenta: Después del asesinato de Sucre en Berruecos, la fastuosa espada de Ayacucho es despojada de su rica empuñadura de diamantes; también desaparece la vaina de oro y el cinto que ostentaba la fabulosa armadura. Sólo la Filosa Hoja de Damasco” de lo que fue la fastuosa espada, fue lo que recibió la viuda de Sucre, junto con lo pocos bienes que llevaba en su trágico viaje.
Cumplido el año de luto de rigor, según nos relata el historiador Alfonso Rumazo González en su biografía de Sucre, Mariana de Carcelén se casó con el General neo-granadino Isidoro Barrigas, pero siempre conservó en un sitial privilegiado de su casa la Filosa Hoja de Damasco de lo que fuera la Espada de Ayacucho Un buen día en que la hija de Sucre, con dos años, jugaba con su padrastro, cayó por el balcón para estrellarse en el empedrado de la calle Mariana conservó la memoria de Sucre en la Hoja de Damasco que guardaba celosamente; y a su muerte, la espada es entregada al Ministro de Relaciones Exteriores del Perú, J.A. Barrenechea, quien escribe al embajador ecuatoriano Antonio Flores:
“Su excelencia ha recibido con una satisfacción profunda la espada del Gran Mariscal de Ayacucho, ella recuerda al héroe, al gran acontecimiento que selló la independencia de América y la gratitud que tributó el Perú al ilustre vencedor.
Elena Vera nos narra: Durante nueve años (1869-1878) el Presidente del Perú, José Balta, guardará celosamente la Hoja de Damasco de la espada de Sucre Cuentan que un buen día, entre copas y borrachera, Balta toma la hoja de acero y la eleva en señal de triunfo como una vez hizo Sucre cuando venció en Ayacucho A los pocos días Balta es destituido y llevado a prisión donde será asesinado. Con la muerte de Balta la Filosa Hoja de Damasco desapareció por más de 40 años, sin que se le haya podido seguir el rastro.
En 1915 el escritor peruano Enrique Tovar se encuentra en la afamada Casa de Antigüedades de los Hermanos Raffo de la ciudad de Lima, y en su curiosidad, ubica una deslustrada hoja de acero que lleva grabada una inscripción:
Antonio José de Sucre. Unión y Libertad; y en su anverso: Gran Mariscal de Ayacucho. Chungapoma me fecit en Lima
Sorpresa..! es la desaparecida Espada de Ayacucho Notificado el Gobierno del Perú, éste procedió a comprar la espada de Sucre.
La Filosa Hoja de Damasco es colocada solemnemente en la Quinta Magdalena donde vivió el Libertador, hoy convertida en Museo Bolivariano, donde también se encuentra la espada que utilizó Sucre en la Batalla de Ayacucho (foto derecha). La desvestida hoja de damasco fue descrita por el Director del Museo con estas palabras:
El trágico fin del gran Prócer parece reflejado en el desbaratado de la espada, que simbolizó y debía perpetuar su gloria.
Es justicia finalizar este artículo con un comentario, que al respecto, escribió Elena Vera: “Sucre fue un estoico, su capacidad para sobrevivir en la carestía y la entereza espiritual y física demostrada a través de una vida militar disciplinada y austera así lo demuestran. Se podría afirmar sin exageraciones, que su vida estuvo marcada por signos extremos: la gran riqueza familiar y la pobreza de sus últimos años, la más alta gloria (Pichincha, Ayacucho, Tarqui) y la sima del sufrimiento más profundo (muere su madre en su niñez, muerte violenta de varios de sus hermanos durante la guerra de la independencia, problemas de salud a edad temprana y muerte de su padre). Rara vez se sabe de una existencia tan llena de gloria y de infortunio. Sucre era, sin duda alguna, el sucesor y depositario de la obra del Libertador y, aunque había muchas razones, esa fue la causa fundamental de su asesinato en la montaña de Berruecos. La pregunta surge de una manera lógica:
¿Puede un objeto, como la espada de Ayacucho, cargarse de tanto simbolismo como para que la ingratitud y el odio de sus enemigos quisieran también destruirla..?
La espada de Sucre está llena de un significado trágico como su propia vida. Lo que ha quedado de la extraordinaria espada de Sucre fue la hoja de acero, al estilo de Damasco, con la mencionada inscripción, que permitió reconocerla en la casa de antigüedades de Lima. Sin adornos y sin su valiosa vaina de oro, la hoja desnuda, limpia en su simbolismo y en su esplendor heroico. Sucre era estoico y la austeridad determinó un estilo en todos los hechos de su corta vida, como quedó su preciada espada.
El General Sucre es el padre de Ayacucho: es el redentor de los hijos del sol: es el que ha roto las cadenas con que envolvió Pizarro al imperio de los Incas. La posteridad representará a Sucre con un pie en el Pichincha y otro en el Potosí, llevando en sus manos la cuna de Manco Capac y contemplando las cadenas del Perú rotas por su espada.
- Simón Bolívar.
Joyería - Mitos y leyendas
Algunas de las creencias antiguas de la mitología son:
Plata ha sido presente a variar los grados del énfasis en la mayor parte de las mitologías del mundo.
Egipto Antiguo
Mitos egipcios refiérase a artefactos de plata, las monedas y los amuletos y atribuya los poderes y el significado diferentes.
Mitos Griego y Romano
La Edad de la Plata era la segunda edad de los Habitantes de Olimpia; la Edad Dorada era el primer. Ellos consideraron esta una edad menos noble. En la Edad de Plata, el hombre empezó a desarrollar la civilización. Otras referencias a la plata incluyen: el arco de plata de Apolo y las puertas de su palacio en el Monte del Olimpo, cuyas puertas eran Platas, y su hermana Artemisa tenga flechas de plata; las columnas de Plata que tuvieron arriba la gruta donde el Río Styx era; y en muchas referencias secundarias tales como la cuerda de Plata utilizó de Ulises para atar el bolsa de cuero donde él mantuvo los vientos.
Mitología Nórdico
Asgard es el hogar de los dioses Escandinavos. Este lugar mágico, accesible sólo cruzando el Puente de Arco iris, está repleto de los palacios de Oro y Plata de los dioses.
Mitología Celta
Nuada de la Mano Plata era un hombre que perdió su mano en la batalla, entonces recibió una mano de plata de Dian Cecht, el dios irlandés de la curación.
Joyería - Mitos y leyendas
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