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Alfonso
Caso - Joyería
Prehispánica Azteca y Maya - Tumba 7
Joyería
Prehispánica Azteca
y Maya - Tumba 7
Texto: Fernando Benítez
Fuente: http://virtual.utm.mx
LA
TUMBA 7 - Lo que Cortés le había
escrito al emperador Carlos V acerca de los tesoros de Moctezuma, el pasmo
de Bernal Díaz cuando vio las joyas indias la noche terrible en que juntó
el botín de Tenochtitlán y los soldados se jugaban su parte con cartas
sacadas al cuero de los tambores, cobraban una nueva realidad. No habían
exagerado. No trataron de deslumbrar a Europa con historias fingidas. Allí
estaba, en su caja de zapatos, para demostrarlo, el pectoral de Xipe Totec,
el dios de la primavera y de los joyeros, cubierto su rostro con la piel
del enemigo vencido, como la primavera viste la tierra y el joyero derrama
el oro fundido sobre su molde. El pequeño rostro monumental y severo del
Xipe Totec.
A las seis de la mañana el joven arqueólogo abandonó la tumba. Todavía
seguía, impregnándolo, el olor dulzón y caliente de la lámpara de
gasolina y respiró con delicia el aire fresco del amanecer. Volaban los pájaros.
Desde la altura en que se hallaba, las montañas rosas, pajizas, azules,
cobaltos, unas duras, casi minerales, otras muy dulces, casi traslucidas,
brillaban en el cielo invadido por una luz creciente.
Unos minutos después, el sol terminó su ascenso y de pronto todo el
Valle de Oaxaca desplegó sus tiernos azules, sus ocres matizados, sus
verdes jugosos. Principiaba un nuevo día y con él esos juegos de luces y
de sombras, esas ondas de colores, esas melodías que los señores de
Monte Albán habían contemplado sobre las terrazas de sus templos,
durante un milenio.
Una
idea fija dominaba al arqueólogo: "Todos de niños -se decía- soñamos
con encontrar un tesoro, pero yo lo he encontrado realmente".
No, no estaba soñando. Tenía en las manos una caja de zapatos en la que
había colocado sobre algodones 35 grandes joyas de oro y de su memoria no
podía desvanecerse la visión de aquella tumba ruinosa, invadida por el
polvo y las piedras caídas de la bóveda, donde centelleaban las orejeras
de cristal de roca, los huesos de jaguar labrados con escenas históricas,
los jades, las copas transparentes de la más pura forma. Lo que Cortés
le había escrito al emperador Carlos V acerca de los tesoros de Moctezuma,
el pasmo de Bemal Díaz cuando vio las joyas indias la noche terrible en
que juntó el botín de Tenochtitlán y los soldados se jugaban su parte
con cartas sacadas al cuero de los tambores, cobraban una nueva realidad.
No habían exagerado. No trataron de deslumbrar a Europa con historias
fingidas. Allí estaba, en su caja de zapatos, para demostrarlo, el
pectoral de Xipe Totec, el dios de la primavera y de los joyeros, cubierto
su rostro con la piel del enemigo vencido, como la primavera viste la
tierra y el joyero derrama el oro fundido sobre su molde.
El pequeño
rostro monumental y severo del Xipe Totec no guardaba ninguna relación
con los rostros abogados por los plumajes y los tocados de las urnas
zapotecas. La sencilla cinta de la corona que remataban finos hilos de oro
y dos cordones caídos a los lados, las grandes orejeras esculpidas con
muertes, el bezote en forma de mariposa, subrayaban el recogimiento de ese
rostro enmascarado donde las aberturas de los ojos -dos medias lunas
invertidas-, establecían una correspondencia con la abertura de la boca
entreabierta, como los triángulos grabados en los párpados lo establecían
con las grecas, apenas insinuadas, que, circundaban los ojos y venían a
cerrarse sobre la misma curva de la hermosa nariz.
No había tiempo de pensar en el Xipe Totec. No había tiempo de pensar
tampoco en el Caballero Tigre -la imagen del guerrero victorioso- o en los
signos inquietantes que revestían su pecho, ni había tiempo para
deleitarse con los pendientes, los collares y los brazaletes que llenaban
su caja, ni mucho menos tratar ahora de descifrar esa escritura y ese
nuevo estilo artístico tan diferente de todo lo que se conocía entonces
como zapoteco. De un Monte Albán zapoteco, de la tumba zapoteca de un
cementerio zapoteco, salían los fantasmas de una nueva cultura, los
huesos, las joyas y la escritura de unos señores extranjeros -y por ello
doblemente intrusos- que estaban en medio de la esplendorosa Acrópolis
sin que nadie -ni el mismo arqueólogo- pudiera explicar plausible,
satisfactoriamente, su arbitraria presencia.
FASCINACIÓN DE LA MONTAÑA SAGRADA
La
historia de la Tumba 7 no comienza en 1932, fecha de su descubrimiento,
sino cinco años atrás, cuando Alfonso Caso visitó por primera vez Monte
Albán en compañía del arqueólogo italiano Callegari, atraído por los
signos misteriosos de las estelas zapotecas.
"Aunque Monte Albán -principia Caso su relato- era entonces una
montaña más del valle de Oaxaca, un lugar de límites imprecisos que
peleaban las aldeas de San Martín y Jojocotlán, se consideraba como una
de nuestras grandes reservas arqueológicas. Gamio había logrado que los
dos pueblos cedieran al estado su montaña, incluso se nombró a Martín
Bazán inspector de la zona, y el mismo Gamio tenía la idea de emprender
exploraciones allí, proyecto que nunca pudo realizar por haber entrado a
la política.
"En ese año de 26 los campesinos habían dejado de sembrar pero
todavía se veían en la gran plaza los surcos del arado y las cañas de
la última cosecha. Los montículos bajo los cuales yacían palacios y
templos estaban cubiertos de enormes cedros, de arbustos y de hierba.
"Monte
Albán ejercía sobre mí una fascinación creciente. Recuerdo una mañana
que habíamos subido entre la niebla, espesa y blanca, que cubría el
suelo de la plaza de donde surgían los montículos como islotes. Los
caballos pennanecían invisibles y sólo nuestras cabezas sobresalían de
la niebla. Arriba brillaba el sol intensamente. Parecía que caminábamos
en el país de las nubes, lejos del mundo y de sus preocupaciones
habituales.
"En aquella época se cruzaba el Atoyac por un vado y en el ascenso
empleábamos una hora o una hora y media. Llegados a las ruinas, tomaba
fotografías, dibujaba estelas, piedras, dinteles, y en la tarde emprendíamos
el regreso a Oaxaca. La inmensa montaña había sido transformada por el
hombre, modificada profundamente. Ahí estaban las huellas, aún borrosas,
de una compleja y extraordinaria civilización dispuesta a revelar sus
secretos.
Decenas
de montículos inexplorados, de tumbas, de patios, de terrazas que corrían
a lo largo de las faldas, esperaban al arqueólogo. Y no sólo era Monte
Albán. Los cerros vecinos Argompai, el Gallo, el Plumaje, el Pequeño Albán,
habían sido trabajados de un modo semejante y aquella obra de convertir
montañas enteras en santuarios, la visión de ese paisaje mágico, las
leyendas que circulaban acerca de tesoros fabulosos, me hicieron perder la
cabeza. Años más tarde, cuando todo había pasado, encontré una de las
primeras historias que originó la Montaña Sagrada de los zapotecos.
"
UNA
ESCRITURA NUEVA
"Levantada
sobre los tiernos verdes de su valle, la Montaña Sagrada estaba al fin
dispuesta a entregarse. Pero ¿cómo se entrega una civilización que ha
permanecido sepultada durante siglos? Pues se entrega lo mismo que una difícil
mujer, o una plaza fuerte, después de un asedio prolongado en el que han
entrado en juego la devoción y la paciencia, el estudio riguroso y las
corazonadas, la locura y el empleo de una serie de técnicas y recursos
que aparentemente no están encaminados a la rendición final.
"Mientras las investigaciones de los arqueólogos avanzaban en
Teotihuacán y en otros lugares, las que se referían a Oaxaca permanecían
estacionarias. Desde luego existían descripciones de viajeros acerca de
ciudades fortificadas, palacios, orfebrería y cerámica, descripciones
que venían repitiéndose a lo largo de los años de un modo mecánico.
Se
hablaba confusamente de una cultura mixteca-zapoteca y hasta el año 1927
nadie había realizado un esfuerzo serio por leer los signos grabados en
las estelas, en las piedras de los palacios, los santuarios y las tumbas.
"¿Qué
hice entonces? -se pregunta Caso-. Primero, tuve necesidad de localizar
esos signos dispersos en Monte Albán, en pueblos desconocidos y en museos
del extranjero, describirlos y formar con ellos un catálogo. Después
vino la tarea de hallarles una traducción adecuada. Así pude determinar
el signo del año, el de los días y posiblemente el de algunos meses.
Encontré que las manos y los pies representaban ciertos verbos, como
subir, bajar, conquistar, y logré descifrar el glifo del cerro, y el del
cielo dibujado siempre como las fauces de una inmensa serpiente.
"Mi
estudio de 40 piedras, acompañado de sus fotografías y sus dibujos, lo
publiqué el año de 1928 bajo el título común de Las estelas zapotecas.
Había descubierto un calendario perfecto, y una escritura que relataba
hechos, es decir, que tenía un carácter histórico. Era una escritura
diferente a la maya o a la mexicana, una escritura que no podía leer, si
bien de tarde en tarde descubría sucesos ocurridos muchos siglos atrás:
la conversación de dos reyes, señores con las manos atadas a la espalda,
personajes divinos que descendían del cielo para darle a una pareja de príncipes
el regalo más precioso: el hijo por nacer, simbolizado en un collar de
jades.
"El
estilo de esas cuarenta estelas guardaba una estrecha semejanza con las
urnas funerarias y una profunda diferencia con los códices, y como las
urnas y los códices se atribuían en aquella época a los zapotecos, pensé
que en realidad podía tratarse no de una sino de dos culturas. Las
estelas, las urnas, concluía yo en mi libro, producto de una misma
cultura, deben ser zapotecas, y los códices, por no ofrecer el lenguaje
formal, ni las deidades y los jeroglíficos representados en las estelas,
deben ser mixtecos, pues resulta inadmisible que un pueblo trabaje la
piedra y el barro con un estilo y una escuela diferentes.
"Por
primera vez, lo mixteco y lo zapoteco quedaban separados. Mi trabajo, sin
embargo, era sólo el primer intento para estudiar sistemáticamente las
antigüedades de Oaxaca."
CIUDADES
Y TUMBAS
A
partir de ese año, la exploración de Monte Albán comenzó a perfilarse.
Caso estaba preparado. Organizó un grupo de donantes particulares, tenía
un poco de dinero y había obtenido una concesión federal para emprender
la aventura.
-¿Cuándo
explora usted Monte Albán? -le preguntó el nuevo Gobernador de Oaxaca.
-Cuando
usted construya la carretera -fue su respuesta.
La carretera se terminó a fines de 1930 -una brecha abierta en las
escarpadas laderas del cerro-, mas el temblor que casi destruyó a Oaxaca
el 14 de enero de 1931 y la estación de lluvias lo obligaron a posponer
los trabajos iniciales hasta el mes de noviembre.
En
ese mes de noviembre, Alfonso Caso y sus tres ayudantes -Martín Bazán,
Eulalia Guzmán y el licenciado Juan Valenzuela-, descombraron tres montículos
y la escalinata de la Plataforma Norte, revelándose una superposición de
estructuras que andando el tiempo ayudarían a establecer las diferentes
épocas en que fue construido Monte Albán.
"En cuanto a las tumbas... Bueno, allí la exploración no ofrecía
perspectivas halagüeñas -me dice don Alfonso-. Comencé un poco al azar,
abriendo pequeños montículos de los muchos que se veían en las faldas
de la montaña. La que llamé tumba 1 fue un error mío: se trataba del
corredor del montículo J, cubierto por los escombros. La número 2, de
hecho, la primera, situada a 500 metros de la gran Plataforma Norte, en
una terraza baja, contenía vasijas de escaso valor y un esqueleto.
"A poca distancia de la Plataforma Norte, ya cerca del camino que
conducía a Oaxaca, descubrí una pequeña tumba cruciforme y hallamos
algunas pequeñas vasijas y muchos huesos. Estas tumbas cruciformes se
utilizaban como osarios y siempre constituyen una desilusión para el
arqueólogo. Fue esa mi tumba número 3. La 4, situada en el cementerio
norte, estaba saqueada. Los ladrones habían hecho un gran agujero en la bóveda
y contenía un poco de polvo y abundantes murciélagos. La 5, a la que se
le había caído el techo, guardaba un soporte de barro y dos esqueletos.
La exploración de la 6 -consistía en tres tumbas superpuestas-, estuvo a
cargo de Valenzuela porque tuve que venir a México. Al regresar,
Valenzuela había terminado su trabajo y tampoco ofreció nada
particularmente interesante.
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