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Joyería Prehispánica Azteca y Maya - Tumba 7

Joyería Prehispánica Azteca y Maya - Tumba 7

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Alfonso Caso - Joyería Prehispánica Azteca y Maya - Tumba 7

  Alfonso Caso - Joyería Prehispánica Azteca y Maya - Tumba 7

 

 

Joyería Prehispánica Azteca y Maya - Tumba 7

 

 

Texto: Fernando Benítez
Fuente: http://virtual.utm.mx

 

 

LA TUMBA 7 - Lo que Cortés le había escrito al emperador Carlos V acerca de los tesoros de Moctezuma, el pasmo de Bernal Díaz cuando vio las joyas indias la noche terrible en que juntó el botín de Tenochtitlán y los soldados se jugaban su parte con cartas sacadas al cuero de los tambores, cobraban una nueva realidad. No habían exagerado. No trataron de deslumbrar a Europa con historias fingidas. Allí estaba, en su caja de zapatos, para demostrarlo, el pectoral de Xipe Totec, el dios de la primavera y de los joyeros, cubierto su rostro con la piel del enemigo vencido, como la primavera viste la tierra y el joyero derrama el oro fundido sobre su molde. El pequeño rostro monumental y severo del Xipe Totec. 

 

A las seis de la mañana el joven arqueólogo abandonó la tumba. Todavía seguía, impregnándolo, el olor dulzón y caliente de la lámpara de gasolina y respiró con delicia el aire fresco del amanecer. Volaban los pájaros. Desde la altura en que se hallaba, las montañas rosas, pajizas, azules, cobaltos, unas duras, casi minerales, otras muy dulces, casi traslucidas, brillaban en el cielo invadido por una luz creciente. 


Unos minutos después, el sol terminó su ascenso y de pronto todo el Valle de Oaxaca desplegó sus tiernos azules, sus ocres matizados, sus verdes jugosos. Principiaba un nuevo día y con él esos juegos de luces y de sombras, esas ondas de colores, esas melodías que los señores de Monte Albán habían contemplado sobre las terrazas de sus templos, durante un milenio. 

 

Una idea fija dominaba al arqueólogo: "Todos de niños -se decía- soñamos con encontrar un tesoro, pero yo lo he encontrado realmente". 


No, no estaba soñando. Tenía en las manos una caja de zapatos en la que había colocado sobre algodones 35 grandes joyas de oro y de su memoria no podía desvanecerse la visión de aquella tumba ruinosa, invadida por el polvo y las piedras caídas de la bóveda, donde centelleaban las orejeras de cristal de roca, los huesos de jaguar labrados con escenas históricas, los jades, las copas transparentes de la más pura forma. Lo que Cortés le había escrito al emperador Carlos V acerca de los tesoros de Moctezuma, el pasmo de Bemal Díaz cuando vio las joyas indias la noche terrible en que juntó el botín de Tenochtitlán y los soldados se jugaban su parte con cartas sacadas al cuero de los tambores, cobraban una nueva realidad. No habían exagerado. No trataron de deslumbrar a Europa con historias fingidas. Allí estaba, en su caja de zapatos, para demostrarlo, el pectoral de Xipe Totec, el dios de la primavera y de los joyeros, cubierto su rostro con la piel del enemigo vencido, como la primavera viste la tierra y el joyero derrama el oro fundido sobre su molde. 

 

El pequeño rostro monumental y severo del Xipe Totec no guardaba ninguna relación con los rostros abogados por los plumajes y los tocados de las urnas zapotecas. La sencilla cinta de la corona que remataban finos hilos de oro y dos cordones caídos a los lados, las grandes orejeras esculpidas con muertes, el bezote en forma de mariposa, subrayaban el recogimiento de ese rostro enmascarado donde las aberturas de los ojos -dos medias lunas invertidas-, establecían una correspondencia con la abertura de la boca entreabierta, como los triángulos grabados en los párpados lo establecían con las grecas, apenas insinuadas, que, circundaban los ojos y venían a cerrarse sobre la misma curva de la hermosa nariz. 


No había tiempo de pensar en el Xipe Totec. No había tiempo de pensar tampoco en el Caballero Tigre -la imagen del guerrero victorioso- o en los signos inquietantes que revestían su pecho, ni había tiempo para deleitarse con los pendientes, los collares y los brazaletes que llenaban su caja, ni mucho menos tratar ahora de descifrar esa escritura y ese nuevo estilo artístico tan diferente de todo lo que se conocía entonces como zapoteco. De un Monte Albán zapoteco, de la tumba zapoteca de un cementerio zapoteco, salían los fantasmas de una nueva cultura, los huesos, las joyas y la escritura de unos señores extranjeros -y por ello doblemente intrusos- que estaban en medio de la esplendorosa Acrópolis sin que nadie -ni el mismo arqueólogo- pudiera explicar plausible, satisfactoriamente, su arbitraria presencia. 

 

FASCINACIÓN DE LA MONTAÑA SAGRADA 

 

La historia de la Tumba 7 no comienza en 1932, fecha de su descubrimiento, sino cinco años atrás, cuando Alfonso Caso visitó por primera vez Monte Albán en compañía del arqueólogo italiano Callegari, atraído por los signos misteriosos de las estelas zapotecas. 


"Aunque Monte Albán -principia Caso su relato- era entonces una montaña más del valle de Oaxaca, un lugar de límites imprecisos que peleaban las aldeas de San Martín y Jojocotlán, se consideraba como una de nuestras grandes reservas arqueológicas. Gamio había logrado que los dos pueblos cedieran al estado su montaña, incluso se nombró a Martín Bazán inspector de la zona, y el mismo Gamio tenía la idea de emprender exploraciones allí, proyecto que nunca pudo realizar por haber entrado a la política. 


"En ese año de 26 los campesinos habían dejado de sembrar pero todavía se veían en la gran plaza los surcos del arado y las cañas de la última cosecha. Los montículos bajo los cuales yacían palacios y templos estaban cubiertos de enormes cedros, de arbustos y de hierba. 

 

"Monte Albán ejercía sobre mí una fascinación creciente. Recuerdo una mañana que habíamos subido entre la niebla, espesa y blanca, que cubría el suelo de la plaza de donde surgían los montículos como islotes. Los caballos pennanecían invisibles y sólo nuestras cabezas sobresalían de la niebla. Arriba brillaba el sol intensamente. Parecía que caminábamos en el país de las nubes, lejos del mundo y de sus preocupaciones habituales. 


"En aquella época se cruzaba el Atoyac por un vado y en el ascenso empleábamos una hora o una hora y media. Llegados a las ruinas, tomaba fotografías, dibujaba estelas, piedras, dinteles, y en la tarde emprendíamos el regreso a Oaxaca. La inmensa montaña había sido transformada por el hombre, modificada profundamente. Ahí estaban las huellas, aún borrosas, de una compleja y extraordinaria civilización dispuesta a revelar sus secretos.

 

Decenas de montículos inexplorados, de tumbas, de patios, de terrazas que corrían a lo largo de las faldas, esperaban al arqueólogo. Y no sólo era Monte Albán. Los cerros vecinos Argompai, el Gallo, el Plumaje, el Pequeño Albán, habían sido trabajados de un modo semejante y aquella obra de convertir montañas enteras en santuarios, la visión de ese paisaje mágico, las leyendas que circulaban acerca de tesoros fabulosos, me hicieron perder la cabeza. Años más tarde, cuando todo había pasado, encontré una de las primeras historias que originó la Montaña Sagrada de los zapotecos. " 

 

 

UNA ESCRITURA NUEVA

 

"Levantada sobre los tiernos verdes de su valle, la Montaña Sagrada estaba al fin dispuesta a entregarse. Pero ¿cómo se entrega una civilización que ha permanecido sepultada durante siglos? Pues se entrega lo mismo que una difícil mujer, o una plaza fuerte, después de un asedio prolongado en el que han entrado en juego la devoción y la paciencia, el estudio riguroso y las corazonadas, la locura y el empleo de una serie de técnicas y recursos que aparentemente no están encaminados a la rendición final. 


"Mientras las investigaciones de los arqueólogos avanzaban en Teotihuacán y en otros lugares, las que se referían a Oaxaca permanecían estacionarias. Desde luego existían descripciones de viajeros acerca de ciudades fortificadas, palacios, orfebrería y cerámica, descripciones que venían repitiéndose a lo largo de los años de un modo mecánico.

 

Se hablaba confusamente de una cultura mixteca-zapoteca y hasta el año 1927 nadie había realizado un esfuerzo serio por leer los signos grabados en las estelas, en las piedras de los palacios, los santuarios y las tumbas. 

 

"¿Qué hice entonces? -se pregunta Caso-. Primero, tuve necesidad de localizar esos signos dispersos en Monte Albán, en pueblos desconocidos y en museos del extranjero, describirlos y formar con ellos un catálogo. Después vino la tarea de hallarles una traducción adecuada. Así pude determinar el signo del año, el de los días y posiblemente el de algunos meses. Encontré que las manos y los pies representaban ciertos verbos, como subir, bajar, conquistar, y logré descifrar el glifo del cerro, y el del cielo dibujado siempre como las fauces de una inmensa serpiente. 

 

"Mi estudio de 40 piedras, acompañado de sus fotografías y sus dibujos, lo publiqué el año de 1928 bajo el título común de Las estelas zapotecas. Había descubierto un calendario perfecto, y una escritura que relataba hechos, es decir, que tenía un carácter histórico. Era una escritura diferente a la maya o a la mexicana, una escritura que no podía leer, si bien de tarde en tarde descubría sucesos ocurridos muchos siglos atrás: la conversación de dos reyes, señores con las manos atadas a la espalda, personajes divinos que descendían del cielo para darle a una pareja de príncipes el regalo más precioso: el hijo por nacer, simbolizado en un collar de jades. 

 

"El estilo de esas cuarenta estelas guardaba una estrecha semejanza con las urnas funerarias y una profunda diferencia con los códices, y como las urnas y los códices se atribuían en aquella época a los zapotecos, pensé que en realidad podía tratarse no de una sino de dos culturas. Las estelas, las urnas, concluía yo en mi libro, producto de una misma cultura, deben ser zapotecas, y los códices, por no ofrecer el lenguaje formal, ni las deidades y los jeroglíficos representados en las estelas, deben ser mixtecos, pues resulta inadmisible que un pueblo trabaje la piedra y el barro con un estilo y una escuela diferentes.

 

"Por primera vez, lo mixteco y lo zapoteco quedaban separados. Mi trabajo, sin embargo, era sólo el primer intento para estudiar sistemáticamente las antigüedades de Oaxaca." 

 

 

CIUDADES Y TUMBAS

 

A partir de ese año, la exploración de Monte Albán comenzó a perfilarse. Caso estaba preparado. Organizó un grupo de donantes particulares, tenía un poco de dinero y había obtenido una concesión federal para emprender la aventura. 

 

-¿Cuándo explora usted Monte Albán? -le preguntó el nuevo Gobernador de Oaxaca. 

 

-Cuando usted construya la carretera -fue su respuesta. 


La carretera se terminó a fines de 1930 -una brecha abierta en las escarpadas laderas del cerro-, mas el temblor que casi destruyó a Oaxaca el 14 de enero de 1931 y la estación de lluvias lo obligaron a posponer los trabajos iniciales hasta el mes de noviembre. 

 

En ese mes de noviembre, Alfonso Caso y sus tres ayudantes -Martín Bazán, Eulalia Guzmán y el licenciado Juan Valenzuela-, descombraron tres montículos y la escalinata de la Plataforma Norte, revelándose una superposición de estructuras que andando el tiempo ayudarían a establecer las diferentes épocas en que fue construido Monte Albán. 


"En cuanto a las tumbas... Bueno, allí la exploración no ofrecía perspectivas halagüeñas -me dice don Alfonso-. Comencé un poco al azar, abriendo pequeños montículos de los muchos que se veían en las faldas de la montaña. La que llamé tumba 1 fue un error mío: se trataba del corredor del montículo J, cubierto por los escombros. La número 2, de hecho, la primera, situada a 500 metros de la gran Plataforma Norte, en una terraza baja, contenía vasijas de escaso valor y un esqueleto. 


"A poca distancia de la Plataforma Norte, ya cerca del camino que conducía a Oaxaca, descubrí una pequeña tumba cruciforme y hallamos algunas pequeñas vasijas y muchos huesos. Estas tumbas cruciformes se utilizaban como osarios y siempre constituyen una desilusión para el arqueólogo. Fue esa mi tumba número 3. La 4, situada en el cementerio norte, estaba saqueada. Los ladrones habían hecho un gran agujero en la bóveda y contenía un poco de polvo y abundantes murciélagos. La 5, a la que se le había caído el techo, guardaba un soporte de barro y dos esqueletos. La exploración de la 6 -consistía en tres tumbas superpuestas-, estuvo a cargo de Valenzuela porque tuve que venir a México. Al regresar, Valenzuela había terminado su trabajo y tampoco ofreció nada particularmente interesante. 


"Ahora bien, cuando trabajaba en la tumba 3, observaba un montículo al otro lado del camino que prometía ser una tumba, y decidí explorarlo. Cruzamos el camino, se inició la excavación y pronto quedaron al descubierto los muros del pequeño templo levantado usualmente sobre las tumbas de Monte Albán. Estos pequeños templos -mucho después habría de hallar el modelo en piedra de uno de ellos-, se componen de un templo y siete estancias -abajo de la estancia del fondo se halla la tumba-, dispuestos en torno a un patio cuadrado, pero el templo de la tumba 7 era una excepción ya que carecía de patio central. Desde luego, el templo se hallaba en ruinas desde hacía muchos siglos -quizá se había destruido antes de la conquista mixteca-, y quedaban de él los cimientos y unos muros no más altos de 20 o 30 centímetros. Localizado el muro tendido en dirección norte-sur, horas más tarde surgió un piso de estuco y, para seguirlo, Valenzuela cavó una segunda trinchera." 


La mañana del sábado, Caso bajó en su camioneta a Oaxaca para recoger el salario de los peones y al regresar a las 11 en compañía de María, su esposa, Valenzuela, siguiendo el ceremonial de la fiesta zapoteca de los regalos, lo saludó colgándole en el cuello un collar de jades al mismo tiempo que le decía: "Guelaguetza, maestro Caso". 


¿Qué había pasado? Valenzuela, al seguir el piso de estuco había descubierto el collar, unas orejeras y una trompeta de caracol, ofrenda que señalaba la presencia de una tumba importante. Caso comprobó que a cinco metros de la ofrenda se bajaba un escalón, desapareciendo el estuco, y decidió cavar un agujero a fin de bajar por el techo y no localizar la entrada todavía invisible de la tumba, lo cual le hubiera llevado demasiado tiempo. 


Se retiró una de las losas que formaban la bóveda y, deslizándose a través de la angosta cavidad, bajó Valenzuela. Caso, por el hueco abierto, iluminó con su lámpara un cráneo y una brillante copa negra que le pareció una pieza de cerámica pulida. 


-Baje, maestro -se oyó la voz de Valenzuela brotando de las profundidades de la tierra-, esto es precioso. 


Valenzuela era mucho más delgado y Caso miró con recelo la estrecha abertura que lo aguardaba. Me dice excitado: -No sé como le hice, pero entré. 

 

 

LA PRIMERA IMPRESIÓN 

 

"Mi primera impresión al entrar fue la de hallarse ante una inmensa riqueza. La luz de la lámpara hacía brillar las cuentas de oro y de cristal de roca, las perlas, los jades y las placas de turquesa desprendidas de sus antiguos mosaicos. En el centro se destacaba una vasija cubierta de polvo. Acerqué la lámpara, iluminándola por dentro y la vasija cobró transparencia: estaba hecha de alabastro, el mármol mexicano llamado tecali, que se da en el estado de Puebla. 


"Del polvo sobresalían ricos brazaletes y una corona con su pluma trabajadas en una fina lámina de oro. Las piedras grandes y chicas, desprendidas de la bóveda, habían lastimado la corona y, lo que era más sensible, destruyeron un cráneo revestido de turquesas. No toqué nada. Resistí la tentación de buscar nuevas joyas entre el polvo y las piedras que escombraban el piso de la tumba y sólo me atreví a examinar una de las placas de oro que los señores llevaban cosidas en sus trajes de ceremonia. 


"A la mitad de la tumba, los salientes del muro formaban una pequeña portada que la separaba en dos cámaras, y al fondo estaba la puerta de acceso tapiada desde hacía 600 años por los señores de Monte Albán. A las 4.30 de la tarde salí con mucho trabajo, utilizando el agujero del techo. No permanecí ni media hora en el interior aunque me bastó para darme cuenta que nunca se había descubierto en América un tesoro semejante. 


"Le confieso a usted que me entró miedo. Estábamos Valenzuela, mi mujer y yo en la punta del cerro con un tesoro enorme, no conocía a los trabajadores y era indudable que el descubrimiento no podía mantenerse secreto. 


"-Cerremos el hueco -le dije a Valenzuela tomando una decisión-, y entremos por la puerta. 


"En ese momento -doña Eulalia se hallaba en México- apareció Bazán preguntando: 
Cómo va la exploración? 


"-Pienso -contesté- que hemos descubierto una de las tumbas más ricas de América. 
"-Qué bueno, licenciado, qué bueno -exclamó riéndose Bazán, pensando que se trataba de una broma." 


Habiéndose medido la tumba en el interior, los trabajadores no tardaron en abrir un pozo frente a la puerta. En el dintel descansaban tres pesadas urnas, o mejor dicho, tres elaboradas cajas funerarias, cuyas cubiertas representan a dos Cocijos -el Tláloc zapoteco-, y al Dios Viejo, asociado con el fuego. El rostro arrugado y maligno del Dios Viejo y los rostros enmascarados de los Cocijos, resaltaban llenos de misteriosa gravedad en el centro de las joyas y los profusos tocados de plumas, como el corazón de una flor se abre en medio de sus brillantes y magníficos pétalos. Se estudiaron cuidadosamente las urnas y a las once de la noche quitaron los escombros con que los indios obstruyeron el acceso, fue removida la gran piedra que hacía las veces de puerta y entraron a la tumba. 


A la luz de una lámpara de gasolina -para mí, dice Caso, el olor de la gasolina está asociado a la exploración arqueológica,- se tomaron las coordenadas, y los objetos de oro más preciosos se colocaron en la caja de zapatos previamente forrada de algodones. 


Cuando Caso retiraba el Caballero Tigre, oyó una fuerte respiración entrecortado. Frente a él, encandilados, su chofer y un guardián acezaban con la boca abierta, y aquella primitiva manera de expresar su admiración permitió, mejor que otras reacciones más civilizadas, calcular la trascendencia del hallazgo. 

 

 

UN NEGRO PRESENTIMIENTO 


Caso bajó a Oaxaca llevando 35 objetos de oro en su caja de zapatos -Valenzuela y Bazán se quedaron cuidando la tumba-, tomó un baño y extendió las joyas sobre la mesa del comedor. María, su mujer, que no había dormido en toda la noche cuidando a sus hijos enfermos, inició esa mañana su familiaridad con los tesoros de las tumbas antiguas y con la maldición que de un modo inexplicable pesa sobre los violadores de sus secretos. 

 

De regreso a Monte Albán se decidió que María y Valenzuela, por ser los más delgados y los únicos capaces de bajar a través del agujero, explorarían la tumba desde el fondo y Caso y Bazán desde la puerta. Fueron días de embriaguez y de intenso trabajo los que se sucedieron. Durante largas horas debían permanecer arrodillados o sentados sobre sus piernas, tomando notas, ubicando y limpiando cuidadosamente los objetos. 

 

-Mire esto -gritaba enajenado Valenzuela señalando un pectoral de oro-, no puede haber nada más hermoso. 


-No -protestaba María-, el Xipe Totec es incomparable. 

El hecho de que fumaran cigarrillos alemanes de boquilla dorada y los apagaran en la tierra de la tumba, los llevaba a sufrir equivocaciones. A veces, María exclamaba: 

-Pero, ¿cómo se me pasó este anillo? -y cuando alargaba la mano, advertía que no se trataba de un anillo mixteco, sino de una boquilla olvidada y todos soltaban la risa. 
En uno de esos días, Bazán exclamó, sin poder contener su admiración: 
-Qué maravilla hemos encontrado, licenciado. ¡Cómo se van a alegrar todos! 
Caso, herido por un presentimiento, contestó: 
-Verá usted las amarguras que nos traerá haber descubierto este tesoro. 
-¿Por qué habla usted así, licenciado? 
-Porque nos atacarán mucho. 
-¿Cree usted que haya gente tan miserable? 
-Si no lo creyera sería un recién nacido. En la vida todo se perdona, menos el éxito. 


Después de 30 años, la herida sigue doliendo. Su voz seca, acostumbrada a mandar, se hace incisiva y cortante. Detrás de las gafas, los ojos le brillan de indignación y la boca acentúa su curva despectiva. 


-Se ensañan con los que hacen algo. Los mediocres, cuando no se ven amenazados por una personalidad, están contentos. No valemos nada, se dicen entre sí. En México nadie vale nada. Ah, pero que un hombre se destaque y entonces los que están al acecho de un escandalito para hacerse de una reputación, los impotentes, los mediocres, se disponen a dar la batalla. Y la dieron. Sin embargo, ésa, como dice Wells, es otra historia. 

 

 

FAVORES Y DESFAVORES DE LA FAMA 

 

Los cuidados caseros y las señales de una naciente fama, se mezclaban con los trabajos de exploración. "-Los niños -me dijo la señora Caso- padecían urticaria y había que bañarlos con agua de almidón. En realidad siempre tenían algo atroz. 


"Todos los días bajaba yo a Oaxaca llevando las joyas, y atrás marchaba Alfonso con una pistola empuñada. Vivíamos en una casa de bajareque que no ofrecía mucha seguridad y las joyas las guardábamos en un ropero, al cuidado de Fidel, un mozo de absoluta confianza. Más tarde, al hacerse público el hallazgo, Alfonso las depositó en una caja del banco. 


"A todo esto, los periódicos de México publicaban noticias descabelladas. Se leía en una nota de primera plana: 'Se cumple la maldición de la tumba. Alfonso Caso sufre el destino de Lord Camarvon y está gravemente enfermo'. Su mamá, alarmada, pidió informes por telégrafo. Yo contesté optimista: 'Alfonso, enfermo de salud', pero en México, el empleado omitió la A y el telegrama se leía: 'Alfonso enfermo de slud'. Al día siguiente la señora preguntaba: "'¿Qué enfermedad es ésa?'." 


Los huesos de los señores mixtecos ocupaban el sótano de la casa y los niños eran los encargados de alojarlos en su morada provisional. 


La existencia de este panteón privado determinó que para ellos los muertos se dividieran en buenos y malos, es decir, en muertos frescos y en muertos representados por sus esqueletos, concepción bastante generalizada que los hijos de Caso aprovecharon para obtener un enorme prestigio entre los chicos del barrio y ventajas materiales en los cambalaches celebrados al amparo de su recién adquirido prestigio. 


Así pues, chicos y grandes comenzaban a sentirse acariciados por la fama. La Paramount envió a sus fotógrafos y realizó un corto que se proyectó en todo el mundo; los corresponsales de las agencias noticiosas y de los periódicos llegaban a diario por avión y exigían entrevistas; el Science Service, el National Geographic Magazine, el venerable Illustrated London New, solicitaban artículos, y una multitud de funcionarios, curiosos y extraños, en arduas peregrinaciones, escalaban el cerro que todavía no hacía dos meses sólo era visitado por ladrones ocasionales y pastores de cabras. 


La medalla tenía su reverso. Una tal señora Purleson a quien su marido, un militar norteamericano, le había pagado un viaje alrededor del mundo con la intención de disfrutar de unas tranquilas vacaciones, se instaló en Monte Albán y a diario importunaba a Caso, diciéndole: 

-Hago colección de recetas culinarias de hombres célebres. 
¿Podría usted decirme, al fin, cuál es su plato favorito? 


También habían acudido los fabricantes de aparatos para localizar tesoros, los agentes de turismo deseosos de instalar salas de baile en tumbas abandonadas con el atractivo de algunos esqueletos principescos, y numerosos caballeros, a quienes se les había despertado un vehemente amor por la arqueología, ofrecían emprender exploraciones gratuitas esperando que se les diera una tumba llena de oro. 


Con todo, la fama suele marchar -al menos en México-- al parejo de la miseria. El sueldo de Caso, por razones burocráticas, no llegaba a Oaxaca, y María, con su habitual sentido del humor, mandó a sus familiares el siguiente telegrama: "Descubridores tesoro muertos de hambre. Cobren sueldo de Alfonso y remitan dinero en el acto". 


Casi concluida la exploración, quedaban centeranres de pequeñas perlas y dé piezas de turquesa revueltas entre el polvo que era necesario cernir y colocar en cajitas. Beatriz, la hija de Caso, y Susanita, hija del arqueólogo Marquina, tenían a su cargo la tarea. En un momento se oyó decir a Beatriz: 


-Susanita, tú te haces cargo de las cuentas de oro y jade y yo de las perlas y turquesas. 
Marquina comentó: -¿No parece que estas criaturas están imaginando las cosas? Todo sucede como en un cuento de hadas. 


El cuento llegaba a su fin y, después de cernir diez veces la tierra, Valenzuela pronunció la esperada y temible frase que cierra las exploraciones: 


-Maestro, en esta tierra ya no queda nada. 


Ya se tenía una idea de lo que suponía ese tesoro. Valuado en términos de los conquistadores españoles, esto es, con una absoluta indiferencia a su calidad artística, el botín de la tumba arrojaba más de siete kilos de oro, tres mil perlas -Tiffany juzgó que había entre ellas una de las más hermosas del mundo- y centenares de objetos de jade, de turquesa, de coral, de hueso, de concha y, por primera vez de ámbar y azabache. 

 

Joyería Prehispánica Azteca y Maya - Tumba 7

 

Articulo de la Biblioteca - YBARRA-