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- Arqueología
Salud y metalurgia precolombina
Alvaro
Javier Idrovo
Biomédica 2005;25:295-303
SALUD Y METALURGIA PRECOLOMBINA
Instituto
Nacional de Salud Pública, Cuernavaca, México
IDROVO, Alvaro Javier. Posibles efectos en la salud asociados con la metalurgia precolombina. Biomédica. [online]. set. 2005, vol.25, no.3 [citado 30 Julho 2006], p.295-303. Disponível na World Wide Web:
http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=
S0120-41572005000300004&lng=pt&nrm=iso>. ISSN
0120-4157
Posibles efectos en la salud asociados con la metalurgia precolombina.
En el Viejo Mundo algunos investigadores piensan que los efectos adversos en la
salud relacionados con la exposición a arsénico influyeron para que se
cambiara de usar aleaciones de cobre con arsénico a otras menos tóxicas. En
este artículo se evalúa esta hipótesis para las tres grandes tradiciones
metalúrgicas precolombinas: Andes centrales, área intermedia y occidente
mexicano. Los artefactos metálicos revelan que las concentraciones de arsénico
en los Andes centrales fueron similares a las del Viejo Mundo (0,5% a 1%), en el
área intermedia los valores eran muy inferiores, mientras en el occidente
mexicano fueron muy superiores (7% a 25%). En los Andes centrales se observó
inicialmente el uso de bronce arsenical, pero rápidamente se conocieron las
aleaciones de cobre-estaño; estas últimas fueron cada vez más preferidas y
difundidas por todo el imperio inca. Las evidencias, osteológicas y en objetos
artísticos, de amputaciones de los pies entre individuos moches de los Andes
centrales apoyan la idea de la presencia de la "enfermedad del pie
negro" entre las poblaciones precolombinas. En conclusión, es posible que
los efectos nocivos del arsénico se hayan observado en el Nuevo Mundo, y
favorecido el cambio hacia aleaciones menos tóxicas. Se requieren nuevos
estudios específicos para verificar esta hipótesis.
Los
efectos adversos asociados con los humos arsenicales originados en las
actividades metalúrgicas son reconocidos desde tiempos inmemoriales. Quizá,
las primeras descripciones escritas explícitas se encuentran en De Re Metallica,
donde Georgius Agricola menciona dos tipos de intoxicación por arsénico: una
es la que ocasiona la llamada "enfermedad del pie negro" ( black foot
disease) debida a la gangrena secundaria a los daños crónicos en los vasos
sanguíneos periféricos, y la otra es la inflamación indolora de las
extremidades asociada con la intoxicación aguda (1). Además, existen
representaciones artísticas mucho más antiguas; no debe olvidarse que el dios
griego del fuego y maestro de los armeros, Hefestus o Vulcano, es representado
con un pie hacia abajo, adentro y rotado (similar a un pie equino varo) que se
ha sugerido, recientemente, sea efecto del arsénico presente en las aleaciones
por él manipuladas (2).
En
1987, Harper -recordando estos y otros efectospostuló una posible relación con
la exposición a arsénico entre trabajadores metalúrgicos del Viejo Mundo,
durante la denominada Edad del Bronce; también sugirió que estos efectos
adversos pudieron ocasionar la búsqueda y el reemplazo por aleaciones menos tóxicas
(3). De esta manera, cambió la percepción original de pensar que este tipo de
enfermedades hicieron su aparición desde la Edad Media, y especialmente desde
la Revolución Industrial, ampliando su posible ocurrencia hasta varios miles de
años antes.
Sin
embargo, debe recordarse que la aparición de las enfermedades es sólo una de
las tres razones que la arqueología tiene para explicar el abandono de las
aleaciones de bronce arsenical (Cu-As), y su reemplazo por las de cobre-estaño
(Cu-Sn). Las otras dos razones son que el bronce estañoso es más fuerte y duro
que el arsenical, y que la mezcla de cobre y arsénico ocurre naturalmente,
mientras que la introducción del estaño debe ser deliberada (4-6).
Estos
análisis, si bien son muy sugestivos, sin embargo, no son aplicables a las
poblaciones del Nuevo Mundo debido a las diferencias que presentan los
yacimientos naturales de metales, la organización de las sociedades prehispánicas
que lograron tener una tradición metalúrgica, y los propios conocimientos
sobre el manejo del metal. Ante esto, el objetivo propuesto para este trabajo
fue analizar si la ocurrencia de efectos adversos en la salud asociados con la
metalurgia era posible entre los pobladores de la América precolombina.
Para
cumplir con tal fin, en un primer momento se revisan las características de las
tres grandes tradiciones metalúrgicas prehispánicas, haciendo especial énfasis
en las concentraciones de metales presentes en los artefactos encontrados, como
una forma de aproximarse a la exposición a la que se sometieron los
trabajadores metalúrgicos; posteriormente, se discute la posible ocurrencia de
efectos nocivos a la luz de la evidencia actual disponible y, finalmente, se
postulan los posibles impactos que pudo tener la presencia de enfermedades
asociadas con la metalurgia en el perfil epidemiológico de las poblaciones
precolombinas.
Grandes
tradiciones metalúrgicas americanas
La
aparición de la metalurgia trajo consigo grandes cambios en las sociedades de
todo el mundo. El uso de los metales significó la posibilidad de realizar
nuevas actividades, o facilitar las que ya realizaban (7); entre los ejemplos más
notorios se encuentran los de Turquía y China, donde se han encontrado las
evidencias de trabajo metalúrgico más antiguas conocidas que datan de
alrededor de 7.000 a.C. y 5.000 a.C., respectivamente.
De
manera similar a lo observado en el Viejo Mundo, el desarrollo de la metalurgia
en América estuvo, de alguna manera, ligado a la disponibilidad de metales. En
el Nuevo Mundo, por ejemplo, los pobladores de la región del Lago Superior, en
América del Norte conocieron los metales (4.000 a.C. - 1.000 d.C.),
principalmente el cobre nativo, aunque los reales centros metalúrgicos
estuvieron en Suramérica y Mesoamérica (8). Estas grandes tradiciones metalúrgicas
fueron: la de los Andes centrales, la de la llamada "área intermedia"
y la del occidente mexicano.

A
continuación se resumen las principales características de cada una de ellas:

Andes
centrales. Las descripciones más antiguas de artefactos metálicos en esta zona
datan del año 1.410 a 1.090 a.C., aproximadamente, y corresponden a objetos de
cobre y oro martilladas encontradas en el valle Lurín, 25 km al sur de la
capital peruana (9). Parece ser que la metalurgia se expandió desde esta región
hacia el norte, hasta el sur de Colombia, y hacia el sur hasta Chile y
Argentina. Si bien existieron varios grupos humanos que realizaban procesos
metalúrgicos, entre todos sobresale la cultura moche (200 a.C.-800 d.C.) del
norte peruano que se sabe innovaban frecuentemente en las técnicas de
manufactura (10). En estas regiones se encuentran importantes yacimientos de
metales, muchos de ellos con minerales arsenicales que favorecieron el amplio
desarrollo metalúrgico (11). La aleación más frecuentemente usada fue la de
cobre-arsénico y, para ello, usaron dos tipos de minerales: la enargita,
encontrada únicamente en las altas cordilleras, y la arsenopirita que tenía
una mayor distribución geográfica llegando, incluso, a algunos valles costeros
(12).
Sin
embargo, se utilizaron en la región muchas otras aleaciones. Por ejemplo, la
aleación de cobreplata fue usada en Ecuador y por las culturas chimú y moche
del norte peruano (10); también se usaron las aleaciones de cobre-oro-plata,
oro-cobre y oroplata, entre otras. No obstante, debe resaltarse que en los
estudios recientes se ha evidenciado que la cultura moche era una de las que
mayores concentraciones de arsénico usaba si se le compara con otras culturas
de los Andes centrales (13).
Además
de haber usado ampliamente el martillado del metal en la manufactura, también
se practicaron las uniones metalúrgicas y la fundición; la primera hace
referencia al uso de calor para la unión de las piezas. La fundición se
llevaba a cabo en hornos, de los cuales las descripciones más detalladas se han
obtenido de los cronistas españoles; estos hornos o huairas estaban ubicados en
lugares donde los vientos fueran fuertes, y eran de forma cilíndrica de 1 m de
alto, aproximadamente, y un diámetro variable entre 0,5 y 1,0 m. Los objetos así
hechos eran, principalmente, adornos y herramientas como láminas agrícolas,
puntas de lanza y cinceles (11).
El
manejo del color de los objetos fabricados fue de especial importancia en los
Andes centrales; las técnicas más utilizadas fueron el plateado por reemplazo
electroquímico, el dorado por oxidación y la pintura con cinabrio. No es de
extrañar que los trabajadores metalúrgicos de la cultura moche, al norte del
Perú, fueran quienes más destreza mostraran en las dos primeras.
En
el plateado por reemplazo electroquímico, la plata se disuelve en una mezcla de
sales corrosivas, previamente neutralizada con carbonato de sodio; en estas
condiciones se presenta una reacción de óxido-reducción en la cual los iones
del metal se depositan sobre el substrato, mientras parte del cobre se oxida y
pasa a ser parte de la solución. Luego, el metal debía someterse a
calentamiento para mejorar la adhesión del depósito al substrato y,
posteriormente, ser pulido hasta lograr el brillo y el color buscado (14,15).
Por
su parte, el dorado por oxidación ( mise-encouleur) consiste en el
calentamiento de un objeto con oro hasta que se oxida; de esta manera, se
produce una película superficial de óxido cuproso que, luego, es retirada por
medio de ácidos de jugos vegetales. Al limpiar el óxido de cobre la superficie
queda recubierta de una capa de oro tanto más gruesa cuanto más se repite el
procedimiento, logrando un color más dorado (16).
El
uso del cinabrio para pintar los metales es uno de los rasgos más característicos
de la cultura sicán (700-900 d.C. a 1.470-1.533 d.C.) que se ubicó en la costa
septentrional peruana (17). El cinabrio es sulfuro de mercurio, y brinda colores
que varían entre el canela y el rojo escarlata. Los efectos adversos en la
salud humana asociados con el mercurio son ampliamente conocidos, y han llamado
especial atención en varios países latinoamericanos donde se extrae oro de
aluvión en la actualidad (18,19), pero debido a que en los periodos prehispánicos
no fue ampliamente usado no se revisa en este artículo.
El
tiempo transcurrido entre empezar a usar aleaciones de cobre-arsénico y conocer
las aleaciones de cobre-estaño fue relativamente corto si se compara con lo
ocurrido en el Viejo Mundo; sólo unos 150 años pasaron, entre los años 850 y
1.000 d.C., aproximadamente, para observar objetos de cobre-estaño. Su uso se
diseminó ampliamente después con la expansión inca desde el centro de Chile
hasta el norte de Ecuador, pese a que se siguieron usando las aleaciones con
bajas concentraciones de arsénico (entre 0,5% y 1%) para mejorar las
propiedades de dureza entre 10% y 30% (6).
Los
experimentos con los que se han replicado las prácticas metalúrgicas prehispánicas
han demostrado que se puede usar arsénico, con lo cual disminuye notablemente
el problema de emisiones potencialmente nocivas para la salud, si se funden en
hornos minerales con óxido de cobre junto con minerales con sulfato arsenical
ferroso (20).
Área
intermedia. La imponencia de los vestigios arqueológicos de los aztecas y los
mayas en Mesoamérica y los incas en los Andes suramericanos, durante mucho
tiempo hicieron que los arqueólogos vieran con relativo desprecio a las
sociedades que habitaron en las regiones que están entres estas dos, denominándola
por eso simplemente como "área intermedia".
Sin
embargo, los hallazgos hechos en las últimas décadas cada vez ratifican más
que el menor desarrollo de sus ciudades y templos respondía a otras
concepciones del poder, menos jerárquicas (21), y no por ser culturas
inferiores. Dentro de esta zona se encuentra la denominada "baja Centroamérica"
que, para algunos arqueólogos, debería estudiarse de manera independiente
(22). No obstante, para los objetivos del presente trabajo se consideran como
una sola región dada las similares características de la metalurgia.
De
acuerdo con el análisis de carbono 14 realizado en núcleos de carbón, arcilla
y otros materiales asociados a piezas de oro de la cultura sinú y quimbaya que
poblaron algunas regiones del norte de la actual Colombia, la metalurgia del área
intermedia se inició alrededor del siglo X a.C. y, de allí, se difundió a
Centroamérica, las Antillas y Ecuador (23). Esto ocurrió mucho antes que
apareciera la metalurgia en Puerto Rico, datada hacia el 100 a.C., previamente
considerada como la más antigua con aleaciones de oro y cobre de América (24).
Esta tradición metalúrgica tuvo como principales características el uso de la
"tumbaga" como su principal aleación, el tener como técnica básica
la fundición a la cera perdida, y el utilizar el método de dorado por oxidación
para darle color a los objetos.
Si
bien la aleación más usada fue la tumbaga, mezcla de oro y cobre, esta tradición
también usó -aunque en menor cantidad- la plata y el platino, lo cual está
relacionado con los importantes yacimientos de oro, cobre, plata y platino que
existen en esta región (25). De acuerdo con los análisis realizados, parece
existir una tendencia con el paso del tiempo a disminuir el contenido de oro de
la tumbaga (23).
En
relación con las concentraciones de arsénico, que resulta ser el metaloide que
puede haber ocasionado problemas de salud en los Andes centrales, los análisis
de muestras del área intermedia muestran concentraciones bajas (26).
El
proceso para obtener un objeto de oro mediante el método de la "cera
perdida" empezaba con la fabricación de un modelo en cera, obtenida de
panales de abejas, que luego era recubierto con arcilla. Luego, el oro de aluvión
líquido, después de ser fundido en pequeños crisoles colocados dentro de
hornillas de cerámica refractaria, era vertido dentro del molde desplazando
poco a poco la cera y asumiendo la forma dada previamente a ésta (27).
No
hay evidencias arqueológicas contundentes de cómo eran los hornos utilizados
por los trabajadores metalúrgicos del área intermedia; sin embargo, se ha
descrito un recipiente de cerámica abierto en las partes superior e inferior
que cuenta con una partición interna abierta por dos ventanas, proveniente de
la cultura quimbaya del suroeste colombiano, que tiene las características
necesarias para soportar el calor requerido en las labores metalúrgicas (28).
El manejo del color mediante el dorado por oxidación presentó algunas
diferencias entre los trabajadores metalúrgicos de la zona; en Panamá parece
que la película superficial de óxido cuproso era disuelta por el ácido de
carbonato de amonio presente en la orina (16), mientras que en Colombia se
usaron ácidos provenientes de vegetales (23).
Occidente
mexicano. En los lugares donde se ubicaron los grandes centros urbanos
mesoamericanos como Teotihuacán, Monte Albán y los de la cultura maya, no hubo
desarrollo de la metalurgia hasta antes del periodo postclásico (900 d.C.-1.521
d.C.). Sin embargo, en el occidente mexicano, que comprende los actuales estados
de Jalisco, Michoacán, Nayarit, Colima, sur de Sinaloa, norte de Guerrero y
partes del Estado de México, hubo un foco metalúrgico que heredó los
desarrollos de los Andes centrales y el área intermedia por vía marítima,
dado que no hay continuidad de vestigios por vía terrestre (29); del Ecuador
aprendió el martillado y posterior recocido de los metales, y del área
intermedia, el método de la cera perdida. En esta región abunda el cobre en
forma de calcopirita, aunque también se presenta como malaquita, azurita y
bornita, y el arsénico como arsenopirita; también hay yacimientos importantes
de plata junto con latón, zinc y oro (30). De especial interés para el tema de
este trabajo es la ausencia casi total de estaño, lo que impidió que se
manufacturaran grandes cantidades de objetos de bronce estañoso.
Los
objetos más frecuentes en el occidente mexicano son los cascabeles, usados como
parte del atuendo en ritos y danzas; también se encuentran agujas de coser,
argollas para sostener el cabello, pinzas para depilación, hachas y cinceles
(31). Las concentraciones de arsénico encontradas en los cascabeles, en
general, varían entre 7% y 25%. Estas cantidades del metaloide están
relacionadas con el color y el sonido que se querían obtener. Con muy altas
concentraciones de arsénico se obtenía plateado, y con menos, dorado; así
mismo, el uso de aleaciones facilitaba el manejo del metal lo cual permitía que
el tamaño aumentara y las formas variaran, de manera que los sonidos eran más
diversos al lograr diferencias en el volumen de las cámaras de resonancia y el
tamaño de la abertura de la base (31).
Efectos
nocivos de la exposición al arsénico
En
la actualidad, existe evidencia que relaciona la exposición a arsénico con múltiples
lesiones y enfermedades. Debido a que nuestro interés se centra en la exposición
por inhalación, la cual no suele ser la más importante en la actualidad, sólo
nos enfocaremos a revisar los efectos que ocurren asociados a esta vía de
exposición que, además, son generalmente por exposición crónica.
Se
sabe que los afectados pueden presentar síntomas inespecíficos como dolor
abdominal, diarrea y dolor en la faringe, de inicio insidioso. Lesiones ya
evidentes de exposición se encuentran en la piel; las más frecuentes son la
hiperpigmentación palmar, la queratosis solar y la neoplasia conocida como
enfermedad de Bowen. El arsénico también causa lesiones al miocardio,
arritmias cardiacas, cardiomiopatías, la "enfermedad del pie negro",
neuropatías periféricas tipo Guillain-Barré y se asocia con cáncer de piel,
pulmón, hígado, riñón y vejiga (32).
Teniendo
en mente estos posibles efectos adversos sobre la salud, ¿dónde deben buscarse
evidencias paleopatológicas que indiquen su ocurrencia en individuos de
poblaciones prehispánicas? La respuesta más obvia es en los huesos debido a su
relativa mayor disponibilidad e, incluso, posibilidad de presentar traumatismos
característicos de la metalurgia, lo cual facilitaría su interpretación (33).
Por tal razón, es importante la búsqueda de lesiones similares al pie equino
varo que puedan señalar la presencia de la "enfermedad del pie
negro". Infortunadamente, no sabemos que se hayan descrito este tipo de
lesiones entre los pobladores de las tradiciones metalúrgicas prehispánicas
(34-38). Algo similar ocurre para las lesiones de tejidos blandos, como el cáncer
pulmonar, que debido al muy pequeño número de momias disponibles dificulta en
gran medida su estudio.
De
lo que sí existe evidencia, osteológica y en objetos artísticos, es de la práctica
de amputación de pies entre individuos de la cultura moche que, como vimos
previamente, es una de las que tuvo un mayor desarrollo metalúrgico. Verano y
colaboradores (39) reportaron tres casos de amputación intencional en los que
existen huellas de infección y, además, describen que en una revisión de las
piezas artísticas que presentan amputación o mutilación, se ha observado que
más de 50% de los individuos no tienen los dos pies y 26% sólo tiene uno; además,
todos los amputados son hombres con vestimentas diferentes a las de las clases
altas. Lo más interesante es que el tipo de amputación del tobillo observada
en las muestras osteológicas es muy similar a la propuesta por sir James Syme
en 1842; este cirujano inglés mostró tener mejores resultados cuando hacia
amputaciones mediante desarticulación que con las técnicas de corte de las
tibias. La hipótesis de Verano y colaboradores, entonces, es que la cultura
moche desarrolló técnicas quirúrgicas de amputación caracterizadas por su
buen pronóstico, aproximadamente, 1.500 años antes que los europeos (39). La
amputación, mediante la desarticulación del tobillo, la curación y la sutura
del miembro, pudo ser el tratamiento dado a los individuos con "enfermedad
de pie negro", aunque debe tenerse presente que en esta cultura fue
frecuente el sacrificio humano mediante desmembramiento (40). Otra posible
evidencia que requiere mayor estudio es la de una cerámica de la cultura
Tumaco, del sur de Colombia, que se sabe tuvo influencia de los Andes centrales;
ésta presenta ausencia del antepie derecho (41) de manera similar a lo
observado en la cultura moche.
En
el occidente mexicano no se encontraron evidencias osteológicas de efectos
adversos, pese a las altísimas concentraciones de arsénico allí trabajadas.
Las razones para ello pueden ser múltiples, entre las que se pueden resaltar la
ausencia de un estudio sistemático de los restos osteológicos, la dificultad
de encontrar huesos de los pies en buenas condiciones para análisis paleopatológicos,
y el conocimiento de técnicas desarrolladas en los Andes centrales y el área
intermedia que disminuyen la nocividad de los humos metalúrgicos. Sin embargo,
existen varias representaciones artísticas de lesiones similares a pie equino
varo en murales de Atetelco y Tepantitla, en Teotihuacán; en una figura
femenina pintada en el Códice Vaticano B, y en una descripción de
Huitzilopochtli, dios azteca de la guerra o el sol (42,43). El posible origen tóxico
de estas lesiones, hasta el momento, no ha sido estudiado y, hasta ahora, se
atribuye a causas genéticas. Además, es interesante señalar que los
historiadores del arte recientemente han llamado la atención de que en el
occidente mexicano y su zona de influencia, la forma más frecuente en que
aparece el pie es su ausencia (44). ¿Tendrá alguna relación con los efectos
nocivos de la metalurgia, al menos, en algunos contextos específicos?
Conclusiones
En
este trabajo se compararon las características de las tres grandes tradiciones
metalúrgicas precolombinas, y se obtuvo como resultado que existen diferencias
bien acentuadas. En los Andes centrales y su área de influencia, el contenido
de arsénico presente en los objetos metálicos indica que sus concentraciones
fueron similares a las descritas en las poblaciones del Viejo Mundo; en el área
intermedia, los niveles de arsénico son mínimos, mientras en el occidente
mexicano son mucho más elevadas, superando muchas veces el 20%. Si aceptamos la
hipótesis de Harper (3) que en el Viejo Mundo se cambió el bronce arsenical
por las aleaciones de cobre-estaño debido, entre otras causas, a los efectos
adversos en la salud asociados, en una primera aproximación pensaríamos que
dichos efectos se pudieron presentar en los Andes centrales y, sobre todo, el
occidente mexicano; el área intermedia, debido a la práctica de una metalurgia
"salubre" estaría, entonces, libre de estos efectos.
La
búsqueda de efectos específicos en la salud de los grupos humanos que
habitaron estas zonas resultó en un gran desafío. La mayor parte de la
evidencia disponible, siempre escasa, se fundamenta en las lesiones presentes en
los huesos, ya que los tejidos blandos en muy pocas ocasiones se encuentran
conservados. Eso redujo la búsqueda a evidencias que indicaran la presencia de
la "enfermedad del pie negro" o lesiones similares al pie equino varo.
Es importante señalar que muchas lesiones son muy pocas veces descritas en
estudios paleopatológicos; las razones de esto son que pudieron ser poco
frecuentes, no afectaban los huesos, la muerte ocurría antes de que la
enfermedad se expresara en el esqueleto, la enfermedad no era diagnosticada o el
diagnóstico era incorrecto (45). El pie equino varo y otras lesiones similares
que pueden servir de diagnóstico diferencial, es una entidad poco descrita
entre poblaciones antiguas debido a la pobre recuperación de los huesos de los
pies durante las excavaciones (46).
Aunque
la "enfermedad del pie negro" no se pudo hallar directamente, su
posible tratamiento mediante la amputación quirúrgica sí es evidente en la
cultura moche de los Andes centrales. El tener allí conjuntamente a
trabajadores metalúrgicos que usaron el bronce arsenical y, además,
demostraron gran capacidad de innovación en las técnicas metalúrgicas y
evidencias de amputaciones quirúrgicas con fines obviamente terapéuticos
-desarrollos no logrados sino por pocas culturas en el mundo (47)- apoya la idea
de que en los Andes centrales hubo la necesidad de tratar enfermedades asociadas
con la exposición a humos originados en la metalurgia. Las amputaciones
asociadas a rituales, también frecuentes entre los moches, podrían haber sido
sacrificios en los que se pudo aprender y practicar las amputaciones terapéuticas.
Una opción que queda para los futuros investigadores es la de hacer
aproximaciones a esta problemática mediante el análisis del contenido de arsénico
en el cabello y las uñas de los restos disponibles; las experiencias previas
muestran que este tipo de estudios son factibles (48).
En
conclusión, si fuese verdad que el arsénico tuvo un impacto negativo sobre la
salud de los grupos humanos precolombinos, éste es un ejemplo que podría
refutar las afirmaciones generales que presenta la teoría de la transición
epidemiológica. Las poblaciones de las tres tradiciones metalúrgicas
precolombinas ya habían dejado de ser cazadores-recolectores nómadas y, con
los conocimientos en la agricultura, se habían asentado en algunas regiones
específicas; es decir, que ya habían superado la primera transición epidemiológica
(49). La teoría indica que el perfil epidemiológico de este tipo de
poblaciones debió estar dominado por una alta frecuencia de enfermedades
infecciosas, especialmente, las transmitidas persona a persona, y las
relacionadas con las carencias nutricionales (50). La presencia de enfermedades
crónicas como la del "pie negro" y, quizá, algunas neoplasias (51)
también asociadas con el arsénico, podría contradecir en alguna medida la
teoría, dado que los pocos casos aquí presentados son sólo la punta del
iceberg de la real ocurrencia (52). Sin embargo, debido a la ausencia de datos
sobre el número de individuos expuestos directamente a los humos metálicos, es
imposible estimar el impacto que tuvieron estas enfermedades en el patrón
global de la enfermedad.
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Posibles efectos en la salud asociados con la metalurgia precolombina
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