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El Oro de los Alquimistas - 1/2
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Alquimistas y el oro

El Oro de los Alquimistas

 

 

El Oro de los Alquimistas

 

 

por: Renato Iraldi Senacheribel

Fuente: http://tierra.ciens.ucv.ve/~riraldi

 

 

Cobre de Cáliz, una onza; Oropimente, azufre nativo, una onza y plomo nativo, una onza; rejalgar descompuesto (sulfuro de arsénico), una onza. Cuézase en aceite de rábano, con plomo, durante tres días. Póngase en una cubeta y colóquese sobre las brazas, hasta que el azufre haya desaparecido, entonces retírese del fuego y se encontrará el producto. De este cobre tómese una parte y tres partes de oro. Fundase a fuego fuerte y se encontrará convertido todo en oro, con la ayuda de Dios.

Si Ud. sigue esta receta, obtendrá una aleación de: 66% de oro y 33% de una mezcla de cobre, plomo y arsénico; Esta aleación parecería, muy cercanamente, al oro puro, en color y resistencia. Desde el momento mismo en que el hombre transformó una piedra en un utensilio, se estableció en él la actitud de expectación ante la materia y la necesidad de comprenderla para poder transformarla en formas más útiles a sus necesidades. Así, los primeros sabios naturalistas, que comenzaron la especulación científica, se centraron en la naturaleza de las cosas y en el estudio del elemento fundamental de la materia. 

 

Para Tales de Mileto, todo estaba formado por el agua, para Heráclito el fuego; hasta desarrollarse la teoría de los cuatro elementos. Aristóteles sistematizó su teoría de la materia, según la cual había un elemento persistente, -la materia-, y un elemento que se transforma, -la forma-. Sin embargo la transformación, según esta teoría, no se puede hacer directamente, sino que debe pasar por un proceso de descomposición como sucede con los alimentos, que deben ser digeridos para transformarse en carne. Esta teoría indicaba, así, que podía darse cualquier forma a la materia; no es de extrañar, pues, que surgieran personas empeñadas en la transmutación de la materia y, siendo el oro el mineral más valioso, que los esfuerzos se dirigieran a la transmutación de metales menos costosos en oro. El propósito ostensible del alquimista era el de transformar metales en oro. En nuestro tiempo sabemos que la transmutación de un elemento en otro requiere de cantidades de energía (nuclear) que no estaban a la disposición de nuestros alquimistas. La transmutación, de un elemento en otro, sólo se logra por medio de una reacción nuclear, y no puede lograrse por medio de reacciones químicas; sin embargo, antes de los trabajos de Lavoisier no había ninguna razón teórica que impidiera la transmutación de un elemento en otro.

 

Al considerar la alquimia debemos volver atrás en la historia y considerar las concepciones sobre la materia de un hombre inteligente que ve cambios en la naturaleza y que los asocia a los cambios que él mismo experimenta. Para entender el lenguaje de la alquimia debemos comprender la ciencia de su tiempo; los intelectuales adoptaron las teorías sobre la materia y los cambios químicos que habían sido sostenidas por los sabios del siglo IV y III a.C., especialmente por Aristóteles, y por los escritos de los médicos griegos. Las principales doctrinas sobre la materia estaban centradas en la de: materia forma y espíritu. Debe interpretarse la -materia- como la parte que no se transforma y como -forma- la parte que cambia de un material a otro y que le da sus propiedades; así, por ejemplo: el hierro y el orín eran considerados la misma -materia- en -forma- diferente. Aristóteles en un famoso pasaje de su Meteorológica explica: Hemos dado alguna información sobre los efectos de la secreción sobre la superficie de la tierra, debemos proponernos descubrir su acción bajo dicha superficie. Así como su doble naturaleza da lugar a efectos varios en la región superior, aquí es la causa de dos variedades de cuerpos, puesto que mantenemos que hay dos exhalaciones, una vaporosa; la otra fuliginosa; y que a ellas corresponden dos clases de cuerpos que se originan en la tierra, el fósil y los metales. En lo que se refiere a la exhalación seca, es aquella que mediante la combustión da lugar a todos los cuerpos fósiles como las clases de piedras que no pueden ser fundidas; rejalgar, ocre, limonita, azufre y otras similares. La mayor parte de los cuerpos fósiles son cenizas coloreadas o una piedra concretada a partir de ellas, como por ejemplo el cinabrio. La exhalación vaporosa es causa de todos los metales; las cosas fusibles o dúctiles, como el hierro, el cobre, el oro. Todas estas cosas son producidas por la exhalación vaporosa cuando se encierra, especialmente, en recipientes de piedra. Habiéndose congelado y comprimido en una cosa, como el rocío o la escarcha, al separarse produce estas cosas por su sequedad. En consecuencia estas cosas son agua en un sentido y en otro no lo son. Porque la materia era potencialmente la del agua, pero ha dejado de serlo; no es tampoco la de ciertas aguas que han cambiado algunas de sus propiedades, como son los jugos. No obstante que el oro y el cobre están formados de esa manera, cada uno de ellos se formó mediante la exhalación congelada antes de que se formase el agua. Por lo tanto todas son afectadas por el fuego y tienen algo de tierra, puesto que contienen exhalación seca. Pero el oro solo no es afectado por el fuego. Ésta es la teoría general de todos esos cuerpos, pero debemos considerar a cada uno de ellos en particular.

Aunque en el período más antiguo de la alquimia Aristóteles no era muy popular como las escuelas estoica y hermética, estas se apoyaban, aún mas que la Aristotélica, en la teoría del aliento o espíritu, que era para ellos la raíz y el principio activo de todas las cosas. Los estoicos concebían todos los cambios en el mundo como resultado de cambios en la materia; logrados mediante el esfuerzo del primer fuego, que puso en acción las potencias a manera de simientes de las cosas y fue causa de su desarrollo de acuerdo con el plan inherente a su naturaleza; el agente que efectuaba estos cambios era un aliento. Podemos decir que la alquimia tenía su justificación en tres ideas aceptadas por la ciencia antigua: 1) La posibilidad, en teoría, de transformar cualquier tipo de materia en cualquier otro tipo 2) la necesidad de la corrupción de la materia que ha de transformarse y del calor para la generación de la nueva forma. 3) La existencia de un aliento o espíritu, con el poder de impulsar y dirigir la generación, dando nuevas formas a la materia. Estas ideas son concordantes con la idea que se tenía de las transformaciones que sufren los humanos al morir, corromperse el cuerpo y emerger de él el alma inmortal y volver a comenzar un nuevo ciclo, en forma más pura o en una forma más primitiva. Así, para los antiguos las reacciones químicas se asemejan a la tragedia de la vida en los humanos, la muerte, el tránsito después de la muerte y la resurrección. Y no deberá extrañarnos que, en muchos escritos de los alquimistas, las reacciones químicas estén narradas en un lenguaje muy parecido a la tragedia griega. Veamos este fragmento del tratado de Zósimo: Diciendo estas cosas me fui a dormir y vi un sacerdote del sacrificio de pie ante mí en la cumbre de un altar en forma de cuenco. Este altar tenía quince escalones que conducían a él. Entonces el sacerdote se levantó y oí una voz de arriba que me decía: -He logrado el descenso de los quince escalones de la oscuridad y el ascenso de los escalones de la luz y es él quien sacrifica, el que renueva, desechando la vulgaridad del cuerpo; y habiendo sido consagrado como sacerdote por necesidad, me he convertido en espíritu.- Y habiendo oído la voz de aquel que estaba en el altar con forma de cuenco le pregunté, deseando saber quien era. Me contestó con una voz débil diciendo : -Soy Ión, el sacerdote del santuario y he sobrevivido a la violencia intolerable. Porque por la mañana vino de repente uno, que me descoyuntó con una espada separándome con violencia según el rigor de la armonía. Y desollando mi cabeza con la espada que sujetaba bien, mezcló mis huesos con mi carne y los quemó en el fuego del tratamiento, hasta que mediante la transformación del cuerpo aprendí a convertirme en espíritu. Y otra vez vi el mismo altar divino y sagrado en forma de cuenco y vi un sacerdote vestido de blanco celebrando esos misterios tenebrosos y dije: -¿Quién es éste?- Y, contestando, me dijo -Este es el sacerdote del Santuario. Quiere poner sangre dentro de los cuerpos, para aclarar los ojos y para levantar al muerto. Y así, cayendo de nuevo, me dormí por breve espacio de tiempo, subí sobre el cuarto escalón y vi, viniendo del este, a uno que tenía una espada en la mano. Y otro detrás de él llevando un objeto redondo banco y brillante y precioso a la contemplación, cuyo nombre era el meridiano del sol y cuando me arrastraba hacia el lugar de los castigos, el que llevaba la espada me dijo: -Corta su cabeza y sacrifica su carne y sus músculos por partes, hasta el final, que su carne se cueza de acuerdo al método y que soporte entonces el castigo.- Y así, despertando otra vez dije: -Bien comprendo que estas cosas se refieren a los líquidos del arte de los metales.- Y aquel que llevaba la espada dijo de nuevo: -Tu haz cumplido los siete escalones de abajo.- Y el otro dijo, al mismo tiempo que todos los líquidos arrojaban el plomo, -el trabajo está completo.-

El proceso químico que describe es probablemente la reacción de un metal con un reactivo y la subsiguiente restauración a su condición metálica. La alquimia presenta ya sus rasgos esenciales que perdurarán durante toda la edad media: su secreto, su carácter simbólico, y la correspondencia entre lo que ocurre en el interior de las vasijas y lo que ocurre en el mundo a los seres superiores. Este tipo de lenguaje se utilizaba con el fin de exponer el significado de la operación al instruido, y ocultar la práctica al ignorante. Los cambios que se producían en el trabajo de los metales impresionaban a los que lo contemplaban. El metal se convertía en una masa informe, negra; luego otro proceso lo traía nuevamente al estado metálico, muchas veces en un estado de mayor excelencia. El proceso era de hecho un símbolo de lo que entonces se buscaba: misterio, muerte y resurrección, como predicaban algunas religiones, entre ellas la cristiana. En esta vida se sucumbe al pecado y son los fuegos del purgatorio los que limpian el alma para que remonte, gloriosa, a las dulces praderas de la existencia paradisíaca. Así, el metal debía morir y descomponerse hasta la más negra corrupción para levantarse de su apestosa existencia: nuevo, glorioso e incorruptible, como el oro. Aunque la costumbre de tratar los metales para darle una mejor apariencia se practicaba, seguramente, desde antes de que hubiese una teoría que la respaldara, los griegos no practicaron la alquimia, por lo menos con la connotación de una ciencia esotérica. Los mismos alquimistas suponen el origen de su arte en Egipto, hacia el año 300 de nuestra era, por lo tanto debemos considerar a Zósimo, que escribió hacia el año 300, como uno de los primeros alquimistas de los que se tengan escritos. Así describe en uno de sus libros las -artes- de la astrología y del tratamiento de metales: Aquí se establece el libro de la verdad Zósimo te saluda ¡oh Theosebeia! Todo el reino de Egipto, señora, depende de estas dos artes, la de las cosas estacionales y la de los minerales. En lo que se refiere a aquella que llaman arte divina, sea por su aspecto filosófico o dogmático o por sus fenómenos en general, fue dada a los que eran maestros en ella para que la custodiaran, y no solo esta arte, sino también aquellas que son llamadas las cuatro artes liberales y los procedimientos técnicos, porque su capacidad creadora es propiedad de los reyes. Así, pues, si los reyes lo permiten, uno que haya recibido el conocimiento, como herencia de sus antepasados, podría interpretarlo, ya sea en la tradición oral o en las columnas con inscripciones. Pero el que conoce estas cosas por completo no practica el Arte él mismo, pues sería castigado. De la misma manera, bajo los reyes egipcios, los trabajadores de las operaciones químicas y aquellos que conocen el procedimiento no trabajan por su cuenta, sino que servían a los reyes egipcios, trabajando para llenar las arcas de sus tesoros. Porque tenían una especie de capataces que ejercían una estricta vigilancia no solo sobre las operaciones químicas, sino sobre las minas de oro. En consecuencia, si algún minero encontraba algo, era la ley entre los egipcios que debía entregarse para su ingreso en el registro público. Algunos papiros de esa misma época dan recetas para la preparación o falsificación del oro, la plata, el asemos (significaba, para los griegos, un metal blanco parecido a la plata), piedras preciosas y colorantes. He aquí una receta para aumentar el peso de oro; encontrada en el papiro de Leyden. Para aumentar el peso del oro, fundase éste con una cuarta parte de cadmia. Así resultará más pesado y más duro. La cadmia era una mezcla de óxidos de metales comunes, cobre, zinc, arsénico, etc., que se obtenía de las paredes de las chimeneas de las fundiciones de cobre. Este procedimiento transformaba los óxidos en metales que, al mezclarse con el oro, rebajarían su pureza aumentando su peso. También de este mismo papiro la receta para la purificación de la superficie del oro: Para dar a los objetos de cobre la apariencia de oro, de tal manera que ni al tacto ni frotándolos en la piedra de toque se descubran; particularmente útil para hacer un anillo que parezca bueno. Este es el método. Tritúrese oro y plomo hasta convertirlo en un polvo tan fino como la harina: 2 partes de plomo por una de oro, mézclese e incorpóreseles goma, cúbrase el anillo con esta mezcla y caliéntese. Esto se repite varias veces hasta que el objeto ha tomado el color dorado. Es difícil descubrir la falsedad porque, al frotamiento deja la señal de un objeto de oro y, el calor consume el plomo y no el oro.

Y he aquí una receta para hacer Asemos: Tómese cobre que haya sido preparado para usarlo y sumérjase en vinagre de tintorero y alumbre dejándolo en remojo durante tres días. Fúndase entonces una mina de cobre, algo de tierra de Chian, de sal de Capadocia y de alumbre en escamas hasta completar seis dracmas. Fúndase con cuidado y resultará excelente. Añádanse no más de 20 dracmas de plata buena y probada que hará la mezcla completa permanente. Esto da una aleación compuesta de cobre y arsénico con un 20% de plata y se presentará como un metal blanco brillante.

Aunque estas recetas podrían usarse para fabricar metales con los que se puede estafar al público, las recetas de este papiro no se consideran alquimistas puesto que no hay en ellas ninguna teoría filosófica de transmutación ni hay indicios de revelación de los dioses o tradiciones que remonten hasta los antiguos filósofos. Simplemente nos demuestra que en Egipto existía la tradición del trabajo de los metales, antes de la aparición de los alquimistas, y que esta tradición contribuyó sin duda a la aparición de la alquimia.

El Oro de los Alquimistas

 

 

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