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Metalurgia en México Antiguo - 1/3
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Metalurgia en México Antiguo

Metalurgia en México Antiguo

 

 

 

Metalurgia en México Antiguo

 

 

Fuente: www.difusioncultural.uam.mx

 

 

ÉPOCA PREHISPÁNICA 

Tiempos inmemoriales 

Para las primeras civilizaciones la belleza poseía un carácter sagrado, reflejaba la presencia de las deidades en la tierra. Creían que la materia y, sobretodo los minerales, habían sido creados por una inteligencia superior, por una entidad divina. Hacia el año 4000 a.c., ya se extraían la plata y el plomo, y mil años después, se lograba conseguir bronce fundiendo minerales de estaño. Asombrados por la naturaleza, los hombres buscaban el oro en el lecho de los ríos, en la arena de los torrentes, o bien, después de la lluvia, en las laderas de las montañas, brillando ante el sol como tesoros. Los herreros de la antigüedad trabajaron con temperaturas sumamente elevadas, al licuar los metales, podían vertirlos en moldes. En nuestros días es posible contemplar piezas de fabricación egipcia, o extraordinarias obras de artesanía en metal hechas en la India o en China. 

Los hombres de la Grecia clásica consideraban que los metales eran ocupados por genios volcánicos, los cuales tenían nombres. Crisón, el oro; Argirón, la plata; Calcón, era el dios oculto en el espíritu del bronce. Por su parte los chinos conceptualizaban al cielo como principio masculino, a la tierra como el principio femenino y, como enlace supremo, Venus era la estrella regidora de los metales. En los primeros años de la humanidad, ésta no conoció más que ocho metales: el oro, la plata, el cobre, el hierro, el estaño, el plomo, el bismuto y el zinc. El mercurio, único metal líquido a la temperatura ambiente, fue descubierto 300 años a.C. En la actualidad, se encuentran clasificados como metales, en la Tabla Periódica, aproximadamente el 67 por ciento de la totalidad de los elementos. 

La América precortesiana 

El oro es un sol enterrado en la tierra. Para los hombres de Mesoamérica, hablar con los dioses, era hablar con el mundo. Como la piel del cielo, la piel del jaguar estaba cubierta de estrellas. Atraídos por un imán irresistible, la luna y el sol se devoran la una al otro para crear la noche y el día. La ascensión de la pirámide era la ascensión hacia las divinidades. En el corazón del planeta latía cada metal y la belleza no connotaba un carácter utilitario. El Cinabrio (protosulfuro de mercurio) era el color para que las pirámides brillaran ante la mirada de los dioses; extraerlo era recibir los dones de la naturaleza, descender para buscarlo con Azadas, Anzuelos, Hachas o Punzones implicaba el conocimiento de los tesoros que guardaba la tierra. 

La naturaleza hablaba. Al pasar, el río contaba sus secretos, y los hombres lavaban las arenas para hallar el oro en forma de granos solares, como doradas gotas caídas del cielo. Al repujar (labrar con martillo) Penachos, Orejeras, Cascabeles, los antiguos mexicanos honraban a las inteligencias supremas. Trabajar los metales implicaba la realización de una ceremonia. Al adornarse de joyas, el sacerdote y la doncella adquirían los poderes para representar a los dioses en la tierra. Lo sagrado no tenía una vida secreta y la plata y el oro, el cobre y el estaño eran excrecencias del cielo y de la tierra. Los hombres, en lugar de servirse de ella, eran como los mayordomos de la tierra. Los metales eran tesoros extraídos de las entrañas de un cuerpo vivo, es decir, siempre eran preciosos, estaban cargados de religiosidad. 

Por ejemplo, en las costas del Perú y en la parte norte del Ecuador, hay datos que permiten aseverar que 500 años antes de nuestra era, el oro ya se manejaba en el Perú y, por lo que respecta al Ecuador, puede afirmarse que los metales se trataban y conocían desde el siglo I de nuestra era. Las iniciales técnicas metalúrgicas tocaron a Mesoamérica a través de las costas de Oaxaca, y ampliaron sus ondas de influencia en lo que hoy conocemos como las regiones de Guerrero y Michoacán. 

Con antelación a la era cristiana, ya existían explotaciones mineras en lo que actualmente se denomina distrito minero de Soyatal, en la Sierra de Querétaro. Antiguos habitantes de esta tierra obtenían allí la calcita (carbonato cálcico), el ya citado cinabrio (protosulfuro de mercurio), además de la inquietante fluorita, la plata y el plomo. Con denuedo, y apenas instrumentos de piedra, se excavaron grandes socavones e inmensas galerías. Algunos de estos trabajos se llevaron a cabo, con mucha intensidad, a partir del siglo IV a.C. con una duración de casi 2000 años. América y Europa no se habían encontrado, y aquí ya existían minas abiertas en la región del Balsas ¿qué instrumentos se utilizaban para tales trabajos en aquellos lejanos años? Se pueden mencionar entre otros, los martillos de diorita o de andesita, con mangos de madera, o bien se empleaban huesos excepcional y finamente afilados para extraer, actividad sumamente minuciosa, los minerales más puros de las fisuras de las rocas. También se inventaron y se aplicaron en la minería precortesiana cucharas de barro, obsidiana en forma de navaja y resistentes cuñas de madera para así romper la roca. 

Es una aventura penetrar en las entrañas de la tierra. Nuestros más viejos ancestros iluminaban los socavones, por medio de teas de ocote y fibras vegetales untadas con resina. Trabajos casi heroicos que requerían, para llevar los minerales a la superficie, de canastas, cuerdas y bateas de barro. Dado el perfil ritual de estas sociedades, su sentido religioso, su inclinación a intensas ceremonias, los metales servían para crear joyas, colorantes, afeites y utensilios de uso diario. Si la deidad principal era el sol en el centro del cielo, para estos hombres, el oro era un fruto luminoso y un legado de la tierra. La pasión por trabajar el oro fue una particularidad de los estados que actualmente conforman Guerrero, Oaxaca y Michoacán. Si fue muy arraigada la pasión por los metales, fueron múltiples las técnicas para tratar con ellos: rebaje, abierto, corte, relleno y torrefacción. Al que conocía los secretos para manipular el oro y la plata era denominado teucuitlahua “el que tiene en su poder la genuina excrecencia” y teucuitlapitzqui, “el que hace fundición de la genuina excrecencia”. 

EPOCA NUEVA ESPAÑA 

Los aventureros 

Al descubrirnos, se descubrieron. Antes de ser tocada, América había sido imaginada. Soñar es un privilegio de los hombres. Al cruzar la línea invisible que separaba el Mare Nostrum del Mare Ignotum, Cristóbal Colón se toparía con quienes jamás había pensado: Los Otros hombres. El y sus marineros llegarían en pos de las especias y de la Fuente de la Eterna Juventud, pero también encontrarían El Dorado, es decir, los grandes yacimientos de plata y oro que América ofrecía. 

Tierras de la abundancia 

Al descubrir América, los hombres que habían soñado con las tierras de la abundancia, o que habían escuchado hablar, en los distintos pueblos del Mediterráneo, de lugares tan fabulosos como Cipango y Catay, alguna vez descritos por Marco Polo, se asombraron de la extraordinaria potencialidad del Nuevo Mundo. La riqueza de lo que más tarde sería México, y de otros lugares de América, cambio el rostro de Europa. No fue fácil extraer tales riquezas, requirió, en múltiples ocasiones, de gestas heroicas y otras de actitudes arbitrarias. Mil años antes del encuentro con los europeos, los antiguos mexicanos ya manejaban con sabiduría los metales preciosos con los que establecieron una actitud simbólica. La conquista de la Nueva España trajo, entre otras cosas, una avidez, en ocasiones enfermiza, por el oro. Así, Hernán Cortés, sus huestes y quienes les siguieron, expandieron su presencia por los territorios donde había yacimientos mineros, especialmente los de plata y oro. Bástenos recordar que el suplicio de Cuauhtémoc es producto de la fiebre por los metales. Las primeras minas descubiertas se localizaron en Zacatecas, en 1546, es a partir de ello que la minería se vuelve el pilar económico de mayor importancia en la Nueva España. 

En la Nueva España 

Aunar voluntades, crear un tejido de relaciones productivas en torno a un centro: la producción minera, fue el punto estratégico de todo el periodo virreinal. En Nueva España, del siglo XVI, hasta los años nodales de los siglos XVII y XVIII, el territorio de lo que hoy es México se lleno de hombres dispuestos no sólo a explorar las profundidades del subsuelo, sino a manejar bueyes y mulas. Había que generar movimiento, que estos animales fueran la fuerza motriz de molinos y trituradoras. También, bajo el sol o la lluvia, a lo largo de llanuras, de bosques o escarpadas pendientes, servirían para transportar víveres y materias primas. En medio de los valles, junto a los ríos, surgirían regiones agrícolas y campos de trigo para abastecer centros mineros. Hay que imaginar la laboriosidad para extraer el carbón vegetal, imprescindible para mantener en funcionamiento los hornos y así fundir el cobre y el estaño. Nacerían, entonces, las haciendas, esenciales para la economía del siglo XVIII, y antes, entre los años 1610 y 1630, fueron las minas de Zacatecas las que alcanzaron los más elevados índices de producción. El oro y la plata se acuñaron en monedas y el empleo de la pólvora hizo aún más eficiente la extracción de minerales. Había gambusinos, que no nada más buscaban la sal, excelente substituto del azogue en la generación de plata, que llegaba a ser casi 100% pura. Para 1777 se habría de fundar el Real Tribunal de Minería que, a pocos meses de ser instituido, prestó al rey de España la cantidad de 300,000 pesos para la fabricación de dos navíos de guerra. Federico Sonneschmid, a la sazón el más prestigioso minero alemán, escribiría en su Tratado de Amalgamación en Nueva España: “Vine a enseñar y salí aprendiéndo”. 

Las primeras exploraciones mineras 

Las primeras exploraciones mineras en México datan del siglo XVI, con el empleo de métodos basados en el conocimiento y las técnicas que entonces eran corrientes en Europa. De llegar a topar con una veta, explotaban la mina hasta que se agotaba y entonces la abandonaban, pues nadie sabía si en las regiones vecinas podrían o no existir nuevos depósitos que bastarán para compensar las erogaciones requeridas para cavar al azar nuevos tiros, o para prolongar galerías ya existentes. Quienes se arriesgaban a hacerlo, lo hacían pensando que participaban en una lotería, jugando a la cual habían visto ganar grandes premios: el Conde de Valenciana dio con la mina de plata más rica que ha llegado a existir en el mundo (la famosa mina La Valenciana), el Conde de Regla vio coronadas sus expectativas por el éxito de las exploraciones emprendidas en la región de Pachuca y Don José de Laborda se topó con un rico filón en una abandonada mina zacatecana. 

Desde el Imperio 

Carlos III trazó un vasto plan para llevar técnicos y expertos que promovieran la minería en la Nueva España. Así pues, el 1 de julio de 1776, se originó una Real Cédula por medio de la cual se ordenó la erección en México de un Real Tribunal General de la Minería, autorizado para crear un banco de avíos cuyos fondos deberían ser aplicados al fomento de las minas y el sostenimiento de un Colegio Metálico. 

Pioneros 

Fue el importante jurisconsulto don Francisco Javier de Gamboa (1717-1794) quien comprendió que era necesaria una revisión del estado en que se hallaba la industria minera de la Nueva España, desde el punto de vista histórico, científico, legal y jurídico. Este importante personaje escribió sus Comentarios a las Ordenanzas de Minas (1761) que son un verdadero tratado histórico y técnico de la minería y del beneficio de los metales. Ello permitió que, para 1774, los propietarios de minas de la Nueva España solicitaran, para su mejor organización, que se creará un Tribunal de Minería. Pidieron, además, que se fundará en la ciudad de México un Colegio o Seminario Metálico con el propósito de preparar individuos para el laboreo de las minas, así como el beneficio de los metales, sobre todo para que los minerales pobres que de ordinario eran desechados, pudiesen ser aprovechados y que, en el beneficio de la plata, el empleo de mejores métodos, disminuyese su desperdicio. 

EPOCA VIRREYNATO 

El siglo XVIII, auge intelectual y auge minero 

Difícil y lleno de retos, a caballo entre dos sugestivos hitos del pensamiento occidental, dando un salto de la alquimia a la química, llevando como herencia, del siglo anterior la monumental soberanía de Sor Juana Inés de la Cruz o el afán de ilustración y altura renacentista de Don Carlos de Sigüenza y Góngora, y las aventuras de un pionero de la literatura dramática mexicana, Don Juan Ruiz de Alarcón, el siglo XVIII marca el gran progreso de la minería y las actividades agrícolas, el carácter luminario de la corte, en Nueva España, y el abandono de las poblaciones lejanas a la capital. El siglo XVIII, en el que la filosofía y la ciencia estuvieron en el centro de las preocupaciones intelectuales; Francia influiría en los estilos de sentir y de vestir. La aristocracia peninsular acentuaría su dominio sobre los criollos, se perfeccionaría la acuñación de monedas y la platería iba a pasar por un período de excepcional progreso. Más de 3,000 minas, sólo en Zacatecas, se hallarían en plena producción. Se pondrían en marcha otros usos para los metales, piénsese en la petrolería, en la herrería y en la fabricación de campanas. Minas de azogue serían halladas en Guadalajara y San Luis Potosí. Carlos III promovería reformas que reactivarían la industria minera y, sobre todo, Nueva España contaría con la presencia de intelectuales y hombres de ciencia de la estatura de Fausto de Elhuyar, en primer término e, inmediatamente después, con Don Andrés Manuel del Río. De rara inteligencia, con un claro sentido del desarrollo americano y europeo en lo tocante a la minería y, más que nada, un hombre profundamente estudioso, y con una excelente percepción de los requerimientos de la minería mexicana durante el siglo XVIII. Habiendo estudiado en París, Fausto de Elhuyar, quién nació en Logroño, España, y antes de cumplir los 20 años ya dictaba cátedra de minería en el Seminario de Vergara, en su país natal, viajó a Friburgo, ciudad que en aquel entonces era fundamental para la minería del continente europeo. Fue el propio gobierno de España quien le envió a recorrer las principales poblaciones de Europa, con el propósito de que Elhuyar aprendiera lo más posible de las novedosas técnicas de amalgamación. No había cumplido los 30 años, cuando Elhuyar obtuvo gracias a sus intensos estudios y trabajos, el ácido wolfrámico en estado de pureza (wolframio es el nombre técnico del tungesteno). Apenas contrajo matrimonio, Fausto de Elhuyar recibió el nombramiento de director general del Real Cuerpo de Minería de México. Entre sus obras cabe destacar Indagaciones sobre la amonedación en Nueva España. Otro contemporáneo de Elhuyar y que, junto a él, formaría generaciones de científicos mexicanos sería Don Andrés Manuel del Río, personaje de norme interés y que descubrió el vanadio (extraño elemento que puede encontrarse mezclado con algunos minerales, como la banadinita y la tescloizita, y el cual es reducido a un polvo gris-blanco y metálico). El siglo XVIII intelectual, científico y técnico, auge de ideas y auge material. La mina de la Valenciana produciría más que todas las minas de Bolivia y del Perú. Siglo de concentración de la riqueza, y que traería esplendor a las ciudades, en Guanajuato se levantarían los templos de San Diego y La Valenciana. En Taxco, Santa Prisca sería erigida por mandato de José de la Borda, un rico minero, quien patrocino dicha edificación, ejemplo mayor del estilo churrigueresco (los retablos del interior se cubrieron totalmente de fina hoja de oro). Paradójicamente, en el horizonte político y social aparecerían los primeros signos del movimiento de independencia. 

EPOCA INVERSION EXTRANJERA 

La independencia 

Año de convulsiones, 1821, es el fin de unos tiempos, y el comienzo de otros. Búsqueda de un modelo original para un país que regresaba a sus orígenes para entrar en el universo de nuevas instituciones. El combate no sólo era entre fracciones distintas sino entre ideas distintas. Primero la lucha entre monárquicos y republicanos, después entre centralistas y federalistas. La economía habría de atravesar por un largo vacío que, como es de suponerse, incluía a la minería. Si bien, los objetos de metal no iban a manufacturarse en tierras de la joven nación, cientos de casas se llenarían de preciosidades en metal traídas de los más curiosos lugares del orbe. Suntuarias, conmemorativas, o sencillamente caprichosas, las preciosidades del metal forman ya una parte inevitable de nuestro pasado, y de nuestro presente. La metalurgia despertaría de este letargo hacia mediados del siglo XIX. 

El Porfiriato, la Revolución, y el principio de la modernidad 

La revolución fue el descubrimiento de un país que, incluso para los propios mexicanos, era desconocido. Vasto y diverso, rico en diferencias y culturas y, al mismo tiempo lleno de semejanzas. A lo largo de los 30 años de paz porfiriana, la industria minera cambio de rostros, fue del centro al extremo norte: Mulegé, Cananea, Monclova, etc. En 1910, la producción de plata impuso una cifra excepcional: 2,300,000 kgs. Unos años antes la fundidora de hierro y acero de Monterrey llegaba a las 300 toneladas de fierro. Anécdota relevante: creyendo encontrar la ruta de la plata, Vázquez del Mercado, descubridor del cerro del Mercado padecería una frustración gravísima al percatarse de que su magnifico cerro era, diríase literalmente de puro hierro. Al avanzar la industrialización, en el porfiriato, a la tradicional productividad de oro y de plata, se añadiría la de plomo, carbón, mercurio, zinc, antimonio, etc. A pesar del crecimiento minero el país padecía grandes contradicciones de carácter social y las huelgas de 1906, de Cananea, en el ramo minero, y la de Río Blanco, en la industria textil, serían dos avisos de la inminente revuelta. Multitud de mineros se unirían al estallido y se provocaría una evidente disminución de la productividad minera. El regimen de Don Porfirio Díaz, de perfil liberalista, convoco a la inversión privada y extranjera, mayoritariamente francesa, norteamericana e inglesa. Con el advenimiento de la Constitución de 1917, habría un cambio de rumbo: el artículo 27 pondría el énfasis en que “corresponde a la nación el dominio directo de todos los minerales o substancias que en vetas, mantos, masas o yacimientos cuya naturaleza sea distinta de los componentes de los terrenos”. La Constitución de 1917 generaría nerviosismo entre los inversionistas extranjeros que eran mayoritarios en los rubros de la minería y del petróleo. Sin embargo, para 1923, se llevaron a efecto las Conferencias de Bucareli, entre México y Estados Unidos, en ellas se estableció el acuerdo de que no habría retroactividad en el artículo 27; se realizaron las negociaciones para atender reclamaciones e indemnizaciones. Por su parte, el gobierno de México adquirió reconocimiento internacional y, obviamente, estuvo en condiciones de iniciar la reconstrucción económica. Bajo las leyes fundadas en 1917, la actividad fue muy intensa en lo tocante al beneficio de la plata, el cobre y el plomo. Empero, por efectos de la gran depresión de 1928, en la industria de la plata hubo cierres y despidos. En el gobierno del General Lázaro Cárdenas se ofrecieron garantías adecuadas para el inversionista nacional, y sería 1935 el año de fundación de la Compañía Nacional Financiera y de Crédito Minero, S.A. Si bien la nacionalización de la industria petrolera traería como consecuencia el bloqueo internacional, ello también sentaría las bases de un desarrollo más pleno. ¿Cuál sería, entre otros rasgos, lo esencial de tal desarrollo? Estimular las exportaciones mineras, petroleras, agrícolas. Pese a los problemas del mercado mundial, la minería y el petróleo vendrían a ser claves para la nación. En 1961 se extendería, haciendo más atractiva la inversión extranjera, una nueva ley minera. Todo cambio, toda transición comprende duplicar y clarificar esfuerzos, del Porfiriato a los regímenes posrevolucionarios, México dio un salto cualitativo. 

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