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Metalurgia y orfebrería colonial - 1/3
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La orfebrería momposina: El aprendizaje de la paciencia

 

 

David Ernesto Peñas Galindo

Fotografías: Gabriel Vieira y Ernesto Peña

Mapas: Marta Raquel Herrera

Publicación digital en la página web

de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República.

Boletín Cultural y Bibliográfico Número 7, Volumen XXIII, 1986 

Fuente:

http://www.lablaa.org/blaavirtual/publicacionesbanrep/

boletin/boleti4/bol7/orfebre.htm

 

 

"YA POR M0MPÓS no se pasa, a mompós se llega", expresan sus habitantes. Y para llegar, hay necesidad de sufrir las peripecias de una odisea. Si el viajero parte de Cartagena, debe soportar cinco horas en un bus hasta Magangué, trasladarse a la chalupa o al transbordador que lo conduzca a La Bodega, caserío donde debe esperar la llegada de otros atrevidos viajantes que completen el cupo de un campero atiborrado de los más heterogéneos equipajes: desde botellones con suero hasta un cargamento de cerdos que chillan desesperados al observar el mundo desde la parrilla, donde los han subido en medio de la algarabía de los pasajeros. Por fin, cuando la desesperación llega a su límite, se observa la ciudad escondida que compensa todos los sinsabores y las penurias de la travesía: una población donde se palpa un espíritu distinto, la pátina de los siglos prósperos, cuando Mompós llegó a contarse entre las tres ciudades más importantes de la Nueva Granada.

 

 

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"La ciudad mira el paso de la historia con la serenidad de quien dejó de ser protagonista y se convirtió en espectador".

 

 

Y no se trata solamente de sus construcciones, gigantescas y acogedoras. Únicamente sería el cascarón, piedra hueca, si el alma de sus pobladores no se manifestara en consonancia. En Mompós, el tiempo transcurre a un ritmo distinto, reposado, señorial. Después de los años juveniles, y de sus alocados devaneos con la fortuna, la ciudad mira el paso de la historia con la serenidad de quien dejó de ser protagonista y se convirtió en espectadora.

Allí, por afortunado aislamiento, se conservaron ciertas labores que requieren el contenido aprendizaje de la paciencia: el diálogo del artesano con sus dedos que extraen formas de la materia bruta —la arcilla, el hierro, el oro—. Reina la forma espiral, quizás simbólica del encierro, en las ornamentaciones de las rejas, en la filigranas, en el tallado de los muebles.


Hace trece años, siendo un estudiante en receso por uno de los tanto cierres de las universidades estatales, llegué a Mompós con la intención de demorar allí el tiempo apenas justo para regresar a las aulas con nuevas energías. Sin embargo, el milagro de la villa me cautivó, probé el fruto del loto, y me olvidé del retorno. Una vez se experimenta la dimensión del tiempo perdido, es imposible volver a ver el mundo de la misma forma.

 

 

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Este trabajo, entonces, es un torpe intento por tratar de explicarme a mí mismo el encanto de una ciudad sui géneris, y una búsqueda de relaciones y detalles que permitan su acercamiento. Indudablemente, la intención es superior al resultado. No he podido adoptar la objetividad sesuda del observador desapasionado; más bien, he tratado de compartir la alegría del descubrimiento tardío de una ciudad que figura en todos los manuales de historia patria, pero que ha dejado de aparecer en los atlas de geografía.

En la primera parte, situaremos histórica y geográficamente la región, resaltando las causas del aislamiento de la villa. Posteriormente, un breve recuento —más recuerdo que otra cosa— de las riquezas auríferas que llegaban a la población, y las que permitieron la continuidad de la tradición orfébrica; y, por último, una descripción del taller artesanal de platería, para enlazar la obra con el hombre.

EL VOLUBLE RÍO MAGDALENA
La isla de Mompós está formada por la confluencia de los ríos Magdalena y Cauca. La convergencia de éstos, además del San Jorge y el Cesar, "forma un amplio delta interior, que unido a la existencia de innumerables ciénagas, pantanos, y una red intrincada de caños que los unen entre sí, cubren una amplia superficie denominada ‘depresión momposina’.


El ser punto de encuentro de tan importantes corrientes, aunado a la fertilidad proverbial de su suelo, anegadizo, sujeto a inundaciones periódicas que lo cubren de una apreciable capa de humus, la determine como uno de los principales asentamientos de la época prehispánica y, además, cruce de caminos entre los diversos grupos indígenas, que poblaban nuestra patria, entre ellos los sinúes, malibúes, sondaguas y chimilas.

Desde las primeras etapas de la conquista, cuando apenas se estaba realizando el conocimiento y la delimitación del territorio, las huestes hispánicas pudieron apreciar su importancia estratégica, dada la cercanía y la fácil comunicación con las ricas minas de Antioquia, y su objetivo se concretó en la fundación de la importante Villa de Santa Cruz de Mompós, que llegó a ser uno de los sitios de más rápido desarrollo, debido al auge del comercio y la navegación.

 

 

 

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La orfebrería momposina es un arte dirigido a la mujer.

 

 

En el periodo comprendido entre 1537 y 1540 se establecieron los primeros reales, los asentamientos y, posteriormente, en 1541, luego de un pleito entablado entre Alonso de Heredia y algunos conquistadores rebeldes, su hermano, el adelantado Pedro de Heredia, realiza la consolidación del territorio, "mandando hacer iglesia y nombrando alcaldes y regidores".

Pronto la villa comenzó a medrar, y gracias a su destacada posición, se convirtió en el centro de acopio y distribución de las más diversas mercaderías. Hasta allí llegaban, en bongos y champanes, los productos agrícolas del Sinú, el oro de Buriticá, Guamocó, Cáceres, Zaragoza y Remedios, por el Cauca, y el contrabando de artículos provenientes de las Antillas, que ingresaban por rutas secretas, desde la Guajira, hasta desembocar en el puerto de Jaime, frente a Mompós.
Además, y por la misma causa, fue sitio de establecimiento y centro de penetración de las principales órdenes religiosas, que allí organizaron sus conventos: agustinos, franciscanos, dominicos, jesuitas y hospitalarios.

De esta época data la coplilla que hoy desata leves sonrisas picarescas entre quienes desconocen sus orígenes fluviales, pues se refiere al tráfico de las naves, objeto de la prosopopeya, y creen que se trata de algún extraño don de fecundidad entre sus pobladores:
Mompós, tierra de Dios,
donde se acuesta uno
y amanecen dos...
Y si sopla el viento,
amanecen ciento;
y si vuelve a soplar,
no se pueden contar..

 

 

 

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"Los talleres están situados preferentemente en la misma residencia del maestro".

 

 

La importancia que había alcanzado la villa indujo al rey Felipe II a crear la provincia de Mompóx, en 1561, calidad de la cual no gozo mucho tiempo, al parecer por disensiones internas, motivadas posiblemente por pleitos de jurisdicción con Cartagena y por el deseo de mantenerse alejada de un control directo del fisco español, pues ya en esta época comenzaba a perfilarse como uno de los ejes del contrabando colonial.

Según Pedro Salcedo del Villar, por la vía de esta villa se efectuaba desde entonces el comercio con el reino de Quito y el Perú, y se conducía gran cantidad de perlas para Lima.

Por otra parte, las frecuentes incursiones de piratas y bucaneros, que asolaban las costas caribes, motivé a muchas familias cartageneras y samarias a mudarse con sus capitales a la floreciente —y más segura— ciudad. Se formaron gigantescos latifundios, algunos de más de 150.000 hectáreas, confusamente delimitados, usufructuados por grandes troncos de la aristocracia criolla, como los marqueses de Santa Coa y Torrehoyos, que abarcaban gran parte del actual sur de Bolívar y departamentos aledaños.


Para entonces, ya estaban establecidos algunos gremios artesanales, entre los cuales podemos señalar herreros, ceramistas y plateros, u orfebres. Estos últimos gozaban del excedente del precioso metal que llegaba en apreciable cantidad de Antioquia, y luego de tasarlo y deducir el quinto real, quedaba en buena parte en las faltriqueras de tratantes y mercaderes.

Las frecuentes avenidas del río Magdalena, aunadas a la necesidad de resguardar adecuadamente los productos, y a la capacidad económica de los comerciantes, motivé la construcción de sólidas casas de mampostería, con amplios patios interiores, a la usanza sevillana, y a la edificación de la muralla frontera al río —La Albarrada— que protegiese a la ciudad de los embates de la corriente, otorgándole a la villa su perfil característico, que aún hoy conserva admirablemente, gracias a su aislamiento.


A fines del siglo XVIII ya encontramos una incipiente, aunque próspera, burguesía comercial, que se siente constreñida y perjudicada en sus intereses por las gravosas trabas de la economía peninsular, y alberga pretensiones revolucionarias. El eje independentista, durante los memorables sucesos de 1810 y 1811, estará conformado por Cartagena, Santafé y Mompós, siendo ésta la primera ciudad en declarar la independencia absoluta de España y de cualquier dominación extranjera, un año antes que la capital de la provincia.

La misma situación estratégica mencionada la convierte en teatro de numerosos enfrentamientos, entre ellos el primer encuentro de envergadura entre las tropas españolas y las patriotas, el 19 de octubre de 1812, cuando Mompós, tras defender bravamente su independencia recién adquirida, obtiene el título de Ciudad Valerosa. Allí, igualmente, recibirá Bolívar el temprano contingente de cuatrocientos voluntarios, con los cuales emprenderá la Campaña Admirable que lo conducirá en triunfo hasta Caracas.

Posteriormente, estará sujeta a las vicisitudes de la guerra por la liberación de España, hasta cuando un fenómeno natural que venía gestándose silenciosa, pero inexorablemente, la obligó a retirarse de la vida pública y a comenzar a rumiar sus recuerdos.

Durante la época colonial, el río Cauca desembocaba en el Magdalena en el sitio conocido con el nombre de Bocas de Tacaba, y solamente durante el invierno se desbordaba el llamado Caño de El Rosario, que, como veremos, dio origen al Brazo de Loba. En ese entonces Mompós no era una isla, como lo es hoy, aunque estaba surcada por múltiples brazuelos y caños. Es de recordar que "la zona de máxima sedimentación del Magdalena comienza aguas abajo de Nare, calculándose que en Puerto Berrío la corriente arrastra anualmente unos cuarenta millones de metros cúbicos de sedimentos, que en gran parte van depositándose en la llanura ribereña del valle inferior". Este inmenso caudal de arenas va cambiando, de manera lenta, pero ininterrumpida, el curso de algunas corrientes, al obligarlas a desviarse.

Hasta mediados del siglo XIX, el Brazo de Morales soportaba el mayor impulso del Magdalena, por cuya recta se lanzaba hacia el hoy Brazo de Mompós, después de haber dominado el impulso transversal del río Cesar. El natural fenómeno de erosión y sedimentación fue modificando, con el transcurso de los años, este mecanismos. Los meandros y nuevos islotes cambiaron la fisonomía del Brazo de Morales, con lo cual disminuyó el impulso del Magdalena por dicho Brazo, y fue llevando el mayor caudal hacia el oriente, conducido por el amplio meandro que dirige ahora la corriente del Magdalena hacia la roca sobre la cual está edificado El Banco. El impulso del choque, reforzado por el del Cesar, y ayudados ambos por la actividad humana, lograron que el Magdalena forzara el paso por el Caño de Pescadores, o de El Rosario, frente a Hatillo de Loba, hacia la Ciénaga de Hacha. Esto aumentó la actividad fluvial en los caños que unían el Magdalena al Cauca en la depresión momposina, y las energías laterales y verticales de la corriente ensancharon el cauce, ahondaron el lecho y perfeccionaron el actual Brazo de Loba, así denominado en 1875, por el gobierno del Estado Soberano de Bolívar, como reconocimiento de un hecho cumplido. Como consecuencia de todo lo anterior, el Cauca vino a desembocar en las Bocas de Guamal, y el San Jorge pasó a ser afluente del Magdalena.

Mientras la navegación se realizaba en bongos y champanes, embarcaciones de muy escaso calado, la sedimentación frente a Mompós no revestía mayor problema. Sin embargo, una vez comienzan a introducirse los buques de vapor, se hace notoria la dificultad del paso. Las naves, que utilizaban el Brazo de Mompós en su ruta hacia Barranquilla y puertos intermedios, a causa de ser menor el recorrido por éste que por el de Loba, comienzan a encallar frecuentemente, con las consiguientes averías y pérdidas, y por último, se vino a establecer definitivamente la navegación por Loba en toda época del año, a fines de la década de 1860. Este fenómeno derivé en el auge de Magangué, que vino a tomar el lugar de Mompós como centro de tráfico y distribución.

Paradójicamente, como podemos colegir de los datos anteriores, Mompós le ha debido su fortuna a la desgracia: las catastróficas inundaciones de que era víctima obligaron a la edificación de estupendas construcciones, sobre elevados andenes —algunos de más de un metro— protegidas del río por la Albarrada, y en asombroso estado de conservación, pues hasta allí no llegó la piqueta demoledora del modernismo, al carecer la ciudad de atractivos económicos. Hasta no hace muchos lustros, en algunas de estas casonas residían familias a las cuales se les pagaba para que las habitaran, con el fin de evitar su deterioro. Por otra parte, su alejamiento del tráfago mercantil permitió la preservación de costumbres y técnicas ancestrales, como la orfebrería y la herrería, donde la introducción de nuevas herramientas y métodos de trabajo solamente vino a verificarse en fecha reciente.

Metalurgia y orfebrería colonial

 

 

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